Miedo: El cuarto inquilino

Angélica no sabía que al alquilar una habitación en Barcelona compartiría apartamento no con dos, sino con tres inquilinos. No habría sido problema, de no ser porque el tercero era invisible.

     Llegó luego de un largo trayecto en metro, hasta la estación de Sagrada Familia. Decidió que lo primero que haría al instalarse sería botar una de las pesadas maletas. Dejó sobre la cama su cuaderno, salió un segundo y el cuaderno ya no estaba. Revolvió la habitación y no apareció. El cansancio le había jugado una mala pasada.

     Los tres cenaron, Angélica confirmó que había elegido bien a sus compañeros de piso, amantes de la pasta como ella, rieron hablando de recuerdos de la Bogotá de los noventa. Recordaron bares que visitaron en su adolescencia, cuando la ciudad efervecía y sus hormonas con ella, tenían un pasado y amigos en común. Sandra y Arturo llevaban quince años viviendo en Barcelona y le advirtieron que las experiencias y gente que conocería la atraparían lentamente, cada vez sería más difícil desprenderse del ritmo barcelonés.

     Entrada la madrugada, Angélica encontró bajo su almohada el cuaderno perdido días atrás. Lo abrió y la inundó el miedo. En la primera página escrito con crayola, en letras chuecas e infantiles, se leía “bienvenida”. Cerró y abrió el cuaderno y los ojos para asegurarse de estar leyendo bien. Sabía que no habían sido sus compañeros. No iba a alimentar ideas irracionales, dormiría sola y ellos ya estaban dormidos, así que tenía que tranquilizarse. Sin embargo, por muy atea que fuera, rezó un padrenuestro, o lo que recordaba de él.

     Los días trascurrieron normalmente y Angélica olvidó aquella particular bienvenida. Una noche sintió que reposaba algo muy pesado sobre su pecho, sus cuerdas vocales se paralizaron del miedo, luego de unos minutos el peso se disipó pero sus oídos e imaginación estaban disparados. Por su mente pasaron reproches “¿por qué no soy practicante de cualquier religión?, ¡cualquiera!”. Hasta las ocho de la mañana pudo levantarse, debido al invierno amanecía muy tarde y no era una posibilidad pararse de la cama en la oscuridad.

      −Mija, eso le pasa a las personas que no rezan.

      −¡Ay mamá! Si no he hecho más, ¿le preguntas a Claudia por el teléfono de la bruja para que me diga qué hacer?

  −Su papá le manda a decir que eso se llama parálisis del sueño. Que no es nada sobrenatural.

    −No sé, bueno yo busco en Internet. –Resignada, descubrió que Google sabe más de fantasmas y brujas que el mismísimo demonio.

     Tecleó “parálisis del sueño” y confirmó que se trataba de un fenómeno cerebral que no tiene nada que ver con fantasmas. Se relajó y esa noche les comentó a Sandra y Arturo lo sucedido y se rieron, asegurando que en caso de tener un visitante fantasma le cobrarían el alquiler. Llegaron a la conclusión que todo era fruto del estrés por el cambio de país. No obstante, Angélica siguió las recomendaciones que encontró, puso una vela blanca, unas tijeras bajo la cama y vinagre con sal marina. No obstante, varias noches más sufrió la visita de aquello que le oprimía el pecho, tuvo pesadillas y encontró dibujos indescifrables en su cuaderno.

      −¿A ustedes los han espantado en este apartamento? –Le preguntó a su compañera de piso con la esperanza de oír una negativa.

      −Pues ya que lo mencionas, la viejita del frente me contó hace años que acá vivió una familia que se trasladó a Inglaterra y el niño se desapareció antes del viaje, lo buscaron meses pero nunca se supo de él.

      El ascensor estaba dañado y cuando llego Angélica al edificio se encontró a la viejita del frente, quien le pidió que le ayudara a subir los paquetes del mercado. Tomando confianza le comentó que vivía allí desde hacía un mes y que estaba sintiendo una presencia en su habitación. La vecina respondió con una sonrisa diciendo que no tenía idea de qué hablaba. Ella seguía luchando contra la idea del fantasma inquilino pues estaba aterrada y se tranquilizó con la respuesta de su vecina, de hecho se avergonzó con ella. Todo se debía al cambio de ciudad y le ayudaban las gotas de valeriana a conciliar el sueño.

     Pasaron varios días y una noche sintió algo frío trepando por su cuerpo, levantó las cobijas tranquilamente. Dos ojos oscuros, muy abiertos, la miraban fijamente asomándose en la oscuridad.

Título: Autorretrato de cuando era niño. Autor: Agustín Barrera. Técnica: Acrílico sobre lienzo. Estudiante del taller de artes plásticas y visuales del “Centro día, años dorados”. Exposición artística en el Museo de la Sociedad de Cirugía de Bogotá.