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Las dunas y las estrellas en Marruecos

Agobia la resequedad, duele la nariz, después de un baño no es necesario secarse porque el agua se evapora. Cuando se está a cincuenta grados de temperatura solo se puede pensar en lo que se ha hecho mal en la vida para merecer tanto calor, aunque se esté en uno de los lugares más alucinantes de la Tierra.

     En las puertas de Sahara se debe coordinar con alguien de la zona la salida al desierto, pues se es completamente inútil. Corrimos con suerte, el Grupo Xaluca nos coordinó todo. Hay momentos y lugares en donde se puede prescindir de los guías, pero en Erfoud sería un acalorado suicidio. No solo se encargan de organizar todo, sino de hacerlo increíble y con gente local muy profesional. Otra opción para los viajeros para quienes Xaluca excede su presupuesto, sería contratar excursiones privadas con empresas como MoroccoPrivateExcursions.

   Para visitar las dunas de Erg Chebbi −donde comienza el Sahara−, se debe llegar a las profundidades de Marruecos. Llegamos después de haber visitado el Valle del Dades, Merzougá y Rissani (y muchos más lugares pero esos eran los más cercanos). Desde el Hotel de Tomboctou de Xaluca fuimos en carro hasta cierto punto donde llegan los dromedarios. También se puede llegar desde Errachidia, Fes o Marrakesh, pero los viajes desde allí son muy largos, se soportan y se hacen más interesantes si se va parando en el camino.

Marruecos|María Antonieta García R.
Atardecer en el desierto de Marruecos.

     En el hotel y me bañé dos veces, me tumbé en la cama y quedé aplastada más de dos horas. Físicamente el cuerpo solo trabaja por mantener la temperatura. Me ofrecieron té de menta, que parecía tener el efecto de despertar y por supuesto hidratar y nos fuimos con el grupo en una camioneta a las siete de la tarde. Llegamos al punto de encuentro con los dromedarios y los guías. Era obvio que sería un viaje turístico, un engaño para el espíritu que quisiera haber sido bereber nómada en otro tiempo. Siempre queda la imaginación, mi corazón latía muy fuerte.

     Yo era el mismísimo Ibn Batutta, en una peregrinación por el Sahara. Elaboré rihlas, imaginé conversaciones con extraños en el camino. Lloré en ese camino por arenas aterciopeladas color naranja intenso. Andando como sobre un durazno gigante con un techo azul. La arena se levantaba y acariciaba mi piel como la llovizna seca.

Marruecos|María Antonieta García R.
Dromedarios en el desierto de Marruecos.

     Unas haimas se distinguían de los espejismos. Luego de descansar y oír los tambores de los camelleros, nos alejamos con el grupo a disfrutar de la noche realmente oscura porque no hay luces artificiales, hasta que la luna llena iluminó todo de repente. Oímos historias y algunos se durmieron hasta que nos acosó una pequeña tormenta de arena que, Mohamed, el camellero, aseguró: “solo es un viento”. Las cámaras y celulares sufrieron los efectos de la arena fina y corrimos de regreso a dormir.

Marruecos|María Antonieta García R.
Dunas de Erg Chebbi en Marruecos.

     Dormimos a la intemperie debido al calor, bajo las estrellas, como siempre había soñado. El clima a esa hora era perfecto, ni frío ni caliente y la arena se me enredó en el pelo y las pestañas. Sonreí para adentro para que no se me entrara más arena en la boca y los dientes. ¡Mis oídos si no los pude cerrar! Entendí la finalidad del turbante. Me desperté varias veces y al abrir los ojos, vi el cielo estrellado. Me vencía el sueño, me quedaba profunda sin darme cuenta hasta volver a abrir los ojos. La última vez que los abrí paso una estrella fugaz, pero iba despacio, como esperando que yo la viera.

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