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En barco a la Isla Gorgona en Colombia

A nuestros egocéntricos quince años pretendimos sentirnos conquistadoras de otras tierras. Por eso, a la que fué una antigua cárcel rodeada por tiburones, situada en el pacífico colombiano, llegamos por vía marítima. En lancha son tres horas desde Buenaventura, puerto abandonado y maloliente con vestigios de algún día haber tenido un mejor momento. Elegimos el barco, doce horas de viaje por mar abierto, sonaba más romántico y aventurero que en lancha durante tres horas.

     Nos dieron pastillas para evitar el mareo y dormir, jamás me imaginé que me iba a fundir así. Estaba tan dormida que ni recuerdo haber bajado de un bus en la noche y caminar al muelle, tal vez alguien me arrastró. Me desperté en una litera de un metro de ancho con un cojín de cuero negro viejo que olía a pescado, seis literas en ese pequeño cuarto con otras zombies dormidas.

     No podía creerlo, ya estaba en el mar, no sabía cuánto tiempo había pasado. En la pared vi un escorpión gigante así que me lancé al suelo, no lo volví a ver. Aún creo que fue una alucinación, aunque una amiga el día siguiente supuestamente tenía en su cara restos de orina de cucaracha −las cucarachas de los barcos son gigantes y su orina deja halos blancos−, así que posiblemente confundí una cucaracha con escorpión. En cualquiera de los casos habrían podido darme dos infartos, uno por miedo y otro por asco.

Roca "La viuda", junto a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Roca “La viuda”, junto a Gorgona.

    Me levanté medio dormida y con dificultad, pues en mar abierto el piso realmente se mueve de un lado a otro. Descubrí el paisaje más hermoso e increíble que he visto jamás: el cielo lleno de estrellas no tenía fin. El agua se confundía con todo, no se veía el horizonte. Las estrellas reflejadas hacían parecer el mar, otro cielo. No me recuperaba de la emoción cuando vi el borde del barco: brillaba. ¡Las algas que golpeaban el barco eflorecían! Las gotas del mar parecían saltarinas hadas verdes que nos sostenían con magia.

     Dormí para evitar el mareo pues varias de mis compañeras estaban vomitando en la proa, en fila, lo que fue realmente cómico. Hasta que me despertaron gritos, ¡tierra! Pensé en la emoción de Cristóbal Colón y sus tripulantes. ¡Delfines! Pensé en Darwin llegando a Galápagos. Una fila de delfines saltaba a los lados del barco a nuestra velocidad, nada más sublime. Mis ojos estaban desorbitados y llenos de lágrimas, una pequeña isla color verde rana y mar esmeralda nos recibía. A los quince años no se tiene claro ni quién es uno ni qué quiere −tal vez nunca se tiene del todo claro−, pero esa experiencia dibujó un objetivo que aún me hace vibrar. Mi primer gran viaje me había transformado.

Gorgona|María Antonieta García R.
Llegando a la isla.

      La isla fue llamada así en honor a la diosa griega que llevaba serpientes en su cabeza que petrificaba a quien se atreviera a mirarla. Realmente acertaron con el nombre, hacía donde se mire hay serpientes y por suerte me fascinan. Debido a esta particularidad está completamente prohibido tomar alcohol, el suero antiofidico no surtiría efecto en caso de mordedura de una venenosa, aunque las que más pululan son simples constrictoras. Gorgona, con sus micos, tiburones, serpientes, peces de colores, caracoles ermitaños, con su agua pura, con sus pocos y sonrientes habitantes, me selló el destino.

      No me tocó el espectáculo de ver las ballenas jorobadas que van a sus aguas a tener los ballenatos. Tengo que regresar, aún recuerdo el cassette de música cubana que llevé en mi walkman, resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película antigua en un lugar surreal.

Rumbo a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Rumbo a Gorgona en el barco.