Encuentros en Chiapas: Palenque y Yaxchilán

Palenque

Estaba en Chiapas, México, en medio de la selva cerca de Guatemala. No tenía Internet, mi celular era arcaico y había llegado tras diecisiete horas en bus desde Puebla. Nadie sabía dónde estaba, ni yo. Llegué por inercia y varias veces me pregunté qué demonios hacía ahí, confundida y feliz.

    Por medio de la plataforma Couchsurfing contacté a quien me recibiría en su casa, una plataforma de madera con techo de palmeras. Desde el terminal de Villahermosa llegué a Palenque y así a la casa en el árbol de Raúl, el único Couchsurfer de la zona en esos días. Se asomó un hombre de dos metros, musculoso, trigueño, con pelo negro largo, un collar de calaveras negras y desnudo. Podría afirmar que le vi los dientes filudos. Se tapaba con una pequeña toalla así que supuse que al menos tenía algo de pudor, pero sentí que estaba en presencia del mismísimo Machete. Me mostró la colchoneta donde yo dormiría y estaba sucia con tres gatos medio salvajes encima, así que le dije que le agradecía pero me quedaría en un hostal, el Jungle Palace estaba al lado. Me miró despectivamente y me dijo que era evidente que yo era una chica fresa, estaba muy bravo por mi desprecio, discutimos hasta que me fui, me sentí fatal.

Palenque|María Antonieta García R.
Jungle Palace, en Palenque.

    La noche siguiente, en mi cabaña perfectamente organizada pensé que era efectivamente una fresa solitaria y que debía hacer algo al respecto. Fui con unos bocadillos colombianos −siempre se deben llevar bocadillos de emergencia− a la casa de “Machete”. Le pedí disculpas y le dije que lo invitaba a tomar algo, me respondió: “los jaguares somos así, agresivos pero nobles, tú también lo eres. Bienvenida. Nos vamos a dar un paseo.” No sé de donde sacó lo que quedaba de un Volkswagen blanco, descapotado, con un perro más grande que él en la silla de atrás. Para encender el carro tuvimos que empujarlo y correr a subirnos. Yo no podía creer y moría de risa y nervios, iba con desconocido en un carro destartalado por la mitad de la jungla a toda velocidad con rumbo incierto. Frenó en seco frente a lo que parecía un hotel y salió una chica rusa y ahora éramos tres en la carrera desenfrenada por entre las ramas.

     Resultó ser una noche divertidísima hasta que le dije que me prestara el baño y me entregó una linterna de cabeza. Me dijo “ahí tienes el baño” y señaló los árboles (la casa no tenía paredes). Ni por error me iba a meter en la noche ahí, menos cuando la selva es lo más activo del mundo cuando oscurece. Mi naturaleza frutal salió a flote y entre risas me despedí pues iría al cómodo baño de mi cabaña. No me acuerdo de todas las historias que me contaron sobre los Mayas, pues ambos eran guías turísticos de Palenque, pero fue una de mis mejores noches en México. Además me sirvió para relajarme, confiar y confirmar que uno es el único que decide cómo tomar la vida, si como víctima o como jaguar.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

     El día siguiente fui al parque arqueológico de Palenque. Es un lugar mágico en todo el sentido de la palabra, sofocante por la humedad, pero absolutamente hermoso. Las ruinas están muy bien conservadas, las pirámides y las escalinatas te hacen viajar al pasado e imaginar que estás viviendo allí, que eres parte de algo más poderoso. Siempre he sentido orgullo por tener sangre indígena, los colombianos tenemos todas las sangres. Sentí vanidad de ser americana, de ser hermana de este gran país. En Colombia nuestros indígenas no dejaron grandes monumentos, su legado fue espiritual, así que uno se maravilla cuando ve ruinas como estas.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

Yaxchilán

Raúl y su amiga rusa me recomendaron ir al sitio más increíble que he visitado en mi vida, Yaxchilán. Un santuario de ceibas y ruinas mayas al que se llega luego de unas horas en bus y dos en lancha adentro del río Usumacinta. Allí y desde antes de partir, mis miedos instintivos se dispararon, pero mi valentía también. Desperté y después de quitarme las cucarachas que caminaban por mi cuerpo con calma, tuve que bañarme a las cuatro de la mañana. No por esas dos cosas digo que fui valiente, aunque también,  sino por lo que sigue: los monos aulladores parecían estar justo encima de mi cabaña y sus gritos son aterradores, amo los animales pero estos micos me generaron miedo. Me bañé pegada a la pared porque frente a mi había una ventana de rejas, pensaba que aparecerían en ella y estirarían sus garras y me matarían. No son agresivos, la loca era yo. Tomé mi navaja y una linterna, el sombrero de Indiana Jones y fui rumbo al punto de encuentro entre la oscuridad. Estaba dispuesta a asesinar a cualquier simio que se me apareciera en el camino, así midiera lo mismo que yo, metro y medio. Comprobé que no era la única aterrada pues los otros seis personajes que irían conmigo al tour llegaron pálidos. Pensé que no tenía con quien reírme de mis aventuras en solitario pero que al estar sola me obligaba a ser capaz de muchas cosas que de otra manera no habría ensayado hacer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Río Usumacinta, rumbo a Yaxchilan en México.

     El viaje fue hermoso, el río es inmenso, se parece al Amazonas. Llegamos a Yaxchilán y el chico del tour nos dijo “disfruten, vuelvo en unas tres horas, cuidado con el jaguar que dicen vive entre los templos”. Sonriendo se alejó en la lancha y nosotros pasamos saliva. Entre en uno, estaba completamente oscuro, prendí la linterna y como en una película de terror alumbre a Drácula. Un murciélago de unos setenta centímetros de longitud colgaba frente a mí. Me sorprendió de nuevo la tranquilidad con que tomé el descubrimiento. Usas la cabeza y sobrevives sí o sí, no hay nadie que te defienda de cucarachas o dráculas. La chica que estaba detrás mío cuando lo vio comenzó a gritar y el animal se movió, casi muero. Le dije a la mujer “cálmate, no hace nada y si sigues gritando lo vas a despertar”. Increíble, yo era un Maestro Shaolín y me había enfrentado con éxito a esa bestia. Hablo del murciélago.

     En Yaxchilán, que traduce en maya piedras verdes, duermen los muertos bajo las ceibas. Me senté bajo una de ellas a meditar, cuando abrí los ojos llovían pequeñas flores blancas y amarillas. Ahí ya no era Maestro Shaolín, era el mismísimo Buda presenciando una maravilla de la naturaleza. A uno de los templos no entre, sentí que no debía, que no me era permitido. Conectarse con la intuición es otra de las cosas que pasan cuando se viaja solo y hay que saber obedecer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Sitio arqueológico maya de Yaxchilán en México.

     Al regreso, después de parar en Bonampak y admirar la verdadera Capilla Sixtina Maya, tuve otro regalo. Me habían contado sobre un pájaro que se llama quetzal, el de las plumas verdes y azules del tocado de los sacerdotes y reyes indígenas. De sus plumas era la serpiente del dios Kukulkán. Es un ave sagrada para Aztecas y Mayas que simboliza la libertad y está en peligro de extinción. Se reconoce porque tiene las plumas de la cola muy largas y una cresta que, yo diría, es un poco punk. Cual sería mi sorpresa cuando vi por la ventana de la camioneta un quetzal volando, a nuestra velocidad. Dicen que se quedó mudo tras la conquista española y volverá a cantar cuando la tierra sea libre. Creo que no sólo al quetzal le ha pasado algo así alguna vez y espero que vuelva a cantar.