Sorojchi pill y remedios en Cuzco

El soroche es mareo con jaqueca y náuseas, como una resaca sin alcohol. Maluquera indescriptible que se cura con el sorojchi pill. Los componentes de esa maravillosa píldora son la simple y explosiva mezcla de café y aspirina. Desde que llegué a Cuzco, en avión desde Lima en la aerolínea económica StarPeru, me sentía enferma a pesar de las miles de aguas de coca que me tomé. La cabeza se me quería explotar.

     Estaba sentada en unas piedras mirando el enigmático muro de Saqsaywaman, una antigua fortaleza ceremonial y observatorio astronómico Inca cerca a Cuzco. Digo enigmático porque cuesta creer que en el siglo quince los Incas tenían la tecnología para mover las piedras más inmensas que he visto. Trataba de sobreponerme al soroche cuando me saludó un indígena vestido de chamán. Con la desconfianza típica bogotana le dije que si me iba a vender algo no le iba a comprar, me pasó un frasquito verde que decía “mezcla de hierbas” y me dijo que lo oliera. Lo miré incrédula, aseguró era para el dolor de cabeza; lo olí e inmediatamente se me paso el malestar.

     −Increíble. ¡Qué tiene esto!

     −Siete hierbas, es una mezcla que preparé yo mismo: eucalipto, menta, diente de león…

     −¿Cuánto le debo?

     −Nada, que escuche lo que tengo para contarle.

        A pesar de su rango entre la comunidad, era voluntario en una escuela en donde impartía clases de quechua. Estuvimos largo rato hablando del quechua y de la importancia de conservar la lengua, de transmitirla a las nuevas generaciones. Se me antojó un regalo de la vida conocerlo y mientras me hablaba, fui llenando de pétalos amarillos un charquito de agua en una roca. Sus palabras como esos pétalos, estaban cargados de la sabiduría simple de la naturaleza, me hacía sonreír y pensar que habría sido ideal grabar una conversación como esa para que no se olvide. Pero hay cosas, personas y momentos que no se recolectan, sobre todo cuando estas en un viaje.

Esta soy yo en el punto donde estuve hablando con el Chamán.

      Mi paso por Cuzco fue increíble, en las cercanías hay sitios arqueológicos inigualables y el turismo, aunque es masivo, está bien organizado. Todos los días tenía un tour qué hacer, algo que visitar y deslumbrarme. Creo que se necesitan meses para conocer todo lo que hay que ver, están por ejemplo Coricancha, el Conjunto Arqueológico de Kusicancha, Kenco, Puca Pucará, Tambomachay, Lanlakuyoq, Cusilluchayoq y Chinchero sin contar con los sitios del Valle Sagrado de los Incas o los del Corredor Manco Cápac. Aluciné con paisajes de montañas y niebla, el frío se me antojaba puro. Fui con una amiga del colegio, era nuestra última noche en la ciudad de Cuzco y fuimos a tomar una cerveza peruana −Cusqueña, para mí de las mejores−. Lamentablemente me llevé un sabor más amargo que esa bebida.

      Regresábamos al hotel por una cuesta empinada en el centro de la ciudad. En la calle “Purgatorio” un hombre jóven me pegó en la cola (para los españoles, el culo) y salió corriendo. ¡El nombre de la calle no podía haber sido más apropiado! Recordé haber visto al tipo siguiéndonos minutos atrás en la plaza, me había asechado como un animal. Yo fui tras él con toda la intención de hacerle daño de alguna manera, gritándole, pero la altura volvió a pasarme factura y a la media cuadra me asfixié. No pude correr más, me empezó de nuevo del soroche. Les conté a los del hotel y me dijeron que había corrido con suerte pues había un famoso “corta nalgas” que disfrutaba de cortar con una navaja a las turistas, así que según ellos me había pasado lo menos peor, terrorífico.

      No dormí varias noches teniendo pensamientos oscuros. Quería vengarme, me sentía absolutamente vulnerada y humillada. He sido víctima de acosos, verbales sobre todo, pero los físicos, que han sido pocos pero lamentablemente ‘han sido’, me deprimen profundamente. Hacíamos chistes al respecto con mi amiga para relajarme, como que el idiota se había sentido atraído a mi sexy ruana de lana, pero en realidad nada podía quitarme la ira.

Cusco|María Antonieta García R.
Tranvía.

         Este tipo de cosas no sólo pasan en Perú, pasan en todas partes. Cuando las mujeres viajamos solas o con una amiga, tenemos que tener los cinco sentidos despiertos y andar prevenidas. Eso agota pero no queda más que cuidarse y usar la intuición, ya que parece que algunos lugares del mundo siguen siendo peligrosos para las mujeres -¿o lo son todos?-. Yo vivo en Colombia por eso me centro en sur américa, pero que se aplique en todo el mundo: este es lugar de contrastes, de oscuridad y luz, de respeto y admiración, pobreza y falta de educación. No sólo se trata de conservar tradiciones o lenguas (como el quechua), se trata de educar en todo el sentido de la palabra. El respeto de nuestros indígenas por la Madre Tierra es el mismo respeto que se debería tener por el cuerpo. Necesitamos un remedio que cure a algunos hombres de la enfermiza manía de acosar a la mujer (seguramente algunas mujeres también necesitan el remedio).

          Afortunadamente quedan algunos líderes, maestros y padres que le enseñan a sus hijos sobre esto. Recuerdo aquel indígena de Saqsawayman y la amabilidad y respeto con los que se dirigía a mí. Si no fuera por muchas personas como él que conocí en el camino, por el remedio de hierbitas mágicas para el dolor de cabeza, por sus increíbles sitios arqueológicos, por sus montañas gigantes que literalmente quitan el aliento, por tantos amigos que hice en el viaje, no pensaría repetir un lugar tan interesante, hermoso y místico como Cuzco por ese desafortunado incidente en la calle del purgatorio.