América, Mis escritos, Suramérica

Otro viaje en Villa de Leyva

El reflejo en el espejo no era suyo sino de su madre, y podía creerlo, se había comido un hongo con leche condensada hacía más de una hora. Todos sus fluidos corrían, las lágrimas, el sudor, los mocos, todo era agua, a pesar de estar sufriendo uno de los efectos de la intoxicación sentía gozo infinito.

Se reincorporó, cada uno en su viaje pero coincidían en las miradas cómplices, en la sonrisa. Uno de ellos dijo “¿sintieron eso?”, ¡y sí! no quería decirlo, esperó a que alguno se atreviera y así pasó, la casa respiraba. La sala naranja era un pulmón inmenso latiendo a un mismo ritmo que se unificó. Fue un momento tan raro como místico, pues sintió que estaban conectadas las mentes, que la realidad estaba siendo una para todos y que así era siempre, pero hasta ahora su estado de consciencia lo hacía evidente.

Apenas comenzaba, fue una terapia personal exprés. Cada uno en su silla, viajaba a kilómetros, en el tiempo, en el espacio, como en un sueño piloteado a consciencia. Cerró los ojos y pensó lobos corriendo, hechos de líneas de colores, de esas que quedan en la retina cuando se ve por largo tiempo una luz. Alucinar, ver las ideas manifestadas en imágenes mentales, lobos corriendo de un lado a otro en manada. La idea era como ruido, que se va y viene, de imágenes coloridas.

A pesar de sus diecisiete años pensó en la vejez y se le antojó calmada, con la aceptación paciente del paso del tiempo, de la naturaleza de las cosas, de la inminencia de la muerte. La necesidad del deterioro físico para su acogida final. Tenía puesto un chal y se lo ponía como se lo ponía su madre, su abuela, la madre de su abuela, la abuela de su abuela. Sintió todas las mujeres de su familia, todas las edades y sus experiencias. Se sintió vieja y muy feliz de saber que era todas ellas también.

Pasado el tiempo pensó que sus amigos eran una distracción pues le hacían abrir los ojos e interrumpir sus “irrazonamientos” (es una palabra inventada) para decirle frases que en el momento les parecían súper coherentes.

Puso un disco de Luis Alberto Spinnetta, ahora él guiaba el viaje, la poesía no sonaba tonta.

Si el viejo portal del cielo puede enfriar los cuerpos de hoy y ayer, se niega el recuerdo por sano y se quema, en las puertas de una ciudad que aúlla sin ser vista.

      Se le ocurrió preparar chocolate caliente y puso a calentar una olla sin agua. La agregó tiempo después por lo que saltaron las gotas y alcanzaron a quemarla un poco. Al pasar los minutos recordó que no había puesto chocolate y por varios minutos imaginó que su mano era el ingrediente faltante, ¡por suerte no lo agregó!

En ese momento notó que alguien salió de la casa y le indicó con un grito militar que inmediatamente regresara. Su latente sobriedad la impulsó a traerlo adentro y cerrar con llave como si fuera su madre. No les contó que al cerrrar alcanzó a ver un unicornio blanco alumbrado por la luna mirándola desde afuera.

Las ventiscas en sombras ahuyentan el humo de unos muñecos que se queman, en el alba roja y ardiente de la locura.

     Uno de ellos no había comido hongos y se sentó a dibujar, todos los rodearon, seguramente como harían los antepasados al ver que alguno realizaba una tarea que exigía una herramienta de precisión. Retrató a dos personas dándose un beso, o eso creían ver todos, y el sonido de agua de la canción acompañaba perfectamente ese largo, natural, salvaje y húmedo beso. La trampa del dibujante para “envidearlos”, para llevar el viaje a su manera, ser un dios entre un grupo de locos.

Seis horas y ¿cómo era que seguía en este estado? Tuvo miedo de quedarse así, la paranoia siempre acompaña las sustancias porque la conciencia no abandona, (a no ser que algo salga mal y siempre existe el riesgo). La palabra “confabular” se presentó y concluía toda la experiencia, la vida se confabulaba para que la realidad que queremos pensar ver y vivir sea esa misma y no otra. Todo sale mal cuando esa realidad ya no concuerda con la de los demás y por eso las plantas sagradas son y deben ser de uso restringido pues oscurecen las salidas del laberinto a quienes las usan sin responsabilidad y sin propósito.

Las caras que asoman la ventana quieren cristalizarse en mi pensamiento en forma alucinatoria, como si los muebles pudieran hablarme de ellas, sin moverse, produciendo ruidos incomprensibles a mi espalda.

      La reflexión fue interrumpida por una canción que no había sonado y momento erótico surreal: dos manos hicieron el amor, nada más que manos. Se tocaron horas, se dieron besos largos, aprendieron a sincronizar el ritmo, se erizaron esas manos que apenas despertaban al amor. Hubo risa y vergüenza al parar pero esa noche ritual todo estaba permitido con venía de Cavafis.

Sueña un sueño despacito. Entre mis manos, hasta que por la ventana suba el sol.

      Habían pasado ocho horas y se alzaba en la ventana el azul reproche mientras iban cayendo en un sueño profundo. El día siguiente, ya los cinco sobrios, visitaron los pozos azules, que se le antojaron más brillantes que nunca, como su vida. Tres meses después la espantaron duendes en su habitación. No sabía si mágicamente había conectado con seres fantasiosos o la sustancia estaría en su cuerpo algún tiempo mientras era eliminada. Agradeció a la naturaleza por una experiencia única e inolvidable y se despidió de los hongos, sus lobos, manos y duendes.

No es tu cuerpo, al fin tienes un alma, y si tu ser estalla será un corazón el que sangre. Y la canción que escuchas tu mente abrirá con el alba.