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Nieve solitaria

La decoración navideña norteamericana llegó al mundo entero para quedarse y llama la atención que se simule la nieve incluso en zonas en donde jamás ha caído. Hace ya parte del imaginario de esa fecha de celebración religiosa: la nieve, el pino, el muérdago y hasta los renos. Por eso cuando una persona latina va a Suiza en invierno entiende de dónde salieron esas imágenes y se siente en medio de una postal navideña.

Para muchos es rarísimo que alguien no conozca la nieve, pero para las personas que viven cerca al ecuador terrestre es también raro que otros no sepan qué son los pisos térmicos. He estado en lugares helados, como los páramos, pero jamás había visto la nieve de cerca. De lejos la vi en el Parque de los Nevados en Colombia o en el Cotopaxi en Ecuador, pero de cerca lo más parecido había sido la escarcha de la nevera o el granizo que cae a menudo en Bogotá. Por eso cuando estaba en Suiza casi me lanzo del tren a tocarla en cuanto la vi. Se veía suave, limpia y pura. El frío ni siquiera era tan insoportable como me imaginaba ya que mi alegría lo calentaba todo. Me atacó euforia y nostalgia irracional, como una niña chiquita me lancé en cuanto pude a tocarla y probarla a pesar de las miradas sorprendidas de los viejitos que vivían en un pequeño pueblo en la mitad de los Alpes, Montbovon. No duró mucho la emoción, no tenía con quien compartirla pues los habitantes del lugar no devolvían la sonrisa.

Para quienes nacimos y vivimos en la ciudad, la primera vez que se ve el mar, un volcán, un animal salvaje −y todas las demás cosas que sólo se ven en libros académicos− corresponde a la emoción de descubrir tierras nuevas del pasado. En un mundo que ya no tiene espacios vacíos en los mapas, se pensaría que ya nada es capaz de sacar una exclamación o despertar el sentimiento de aventura. Tal vez la capacidad de asombro de algunos no es tan exigente como el ego humano. Probar un nuevo sabor o ver un paisaje inimaginado puede generar en nosotros la emoción del que descubrió el nacimiento del río Nilo.

Entre la nieve de Montbovon, un lugar medio abandonado, solo se ve la austera iglesia y el cementerio, en dónde llama la atención que las fechas de fallecimiento son recientes. La paz no se limitaba a ese campo santo sino a todo el paisaje, ni los pájaros se atrevían a romper el silencio. Encontré un hotel medio caído y pregunté si podría conseguir un café o restaurante, me respondieron con un poco de antipatía que en todo el pueblo no había nada qué ver o hacer. Pensé que protegen con recelo ese apacible lugar ya que debe tener miles de rincones y animales hermosos en las montañas. Tal vez cualquiera que tenga un alma muy inquieta se aburriría quedándose más de dos días −lo que explicaría por qué los habitantes sobrepasan todos los ochenta años−, pero en ese tipo de destinos medio fantasmas están todos los planes por hacerse, así sea subirse en un árbol a ver caer el sol.

En Montbovon descubrí la nieve, lamenté no ser más osada como para quedarme y estar preparada física y mentalmente para adentrarme en cualquier montaña. También pensé en The Shining de Stanley Kubrick y en que más de uno de los viejitos que me espiaron desde sus ventanas, podían tener historias y leyendas de lobos y seres fantásticos que contar. Me tomé miles de selfies que registraran mi cara de alegría solitaria, comí la suficiente nieve como para congelarme los dientes. Mi cámara, un gatito blanco que se me unió (lo bauticé Nieve) y yo, disfrutamos de un día detenido, sereno, triste sí, pero bello y silencioso, como una navidad sin regalos. Hasta que escuché la bocina del tren anunciando que ya llegaba, solo me recogería a mí.