Europa, La magia, Narrativa de viajes

Un viaje de mil euros por Italia

No solía hacer viajes lowcost, es decir, de bajo presupuesto, hasta que me quedé sin plata. Siempre que había viajado tenía un presupuesto destinado que por lo general nunca gastaba completo y me alcanzaba para mucho más de lo previsto. Aunque ahorro siempre incluyo lujos y creo que de eso se trata también el turismo slow. Mil euros para muchos puede ser muchísimo dinero y para otros nada, pero para un estudiante latino viviendo en Europa si era “lo justo”, es decir, alcanzaría pero no me podría antojar absolutamente de ninguna compra o lujo. Era lo que tenía para el verano luego de haber ido a Marruecos así que me sentía haciendo la mejor inversión del mundo y así fue. De lo único que me lamento es de no haberme quedado más tiempo.

Los pasajes y el tiempo 

Tres meses antes de verano compré los pasajes a Italia, cincuenta euros ida y vuelta. Pasaría veinte días recorriendo uno de los países que más me han llamado la atención desde pequeña. Al mes de comprar los pasajes hice cuentas y me dí cuenta que se me habían ido las luces: era mucho tiempo y no me alcanzarían los seiscientos euros que tenía destinados. Mire pasajes para comprar otro para devolverme a Barcelona antes y habían subido en un trescientos por ciento. Me tocaba ir veinte días. Veinte alucinantes días de verano. Me preocupó, pero me gustan los retos.

Llegaría a Verona y no fue así, camino al hostal me perdí y entendí que me había equivocado (a ese tipo de cosas las llamo afortunados errores). El hostal que elegí resultó estar a una hora de la ciudad, quedaba en la Pesquiera Di Garda, y no era un barrio, era otra ciudad. Un lugar hermoso, tanto que no terminé conociendo Verona por quedarme ahí, en una ciudad con un lago glacial, playa, restaurantes y mil planes. Lo ideal para poco tiempo es elegir pocos lugares, es imposible conocer un país entero en un viaje y le resta calidad a la experiencia en cada sitio. Al menos una semana en cada uno y eso será solamente un abrebocas. De manera que coordiné que mi viaje terminara en Nápoles después de ir a Roma y Florencia (y Herculano, desde donde visitaría Pompeya).

¿Que cuántos somos en la habitación?

Reservé hostales, recurrí a Booking, AirB&B, HostelWorld y HostelClub. Comparaba precios, buscando siempre hostales de habitación compartida. El lujo estaba en que la habitación fuera máximo de cuatro personas, (ya con seis es complicado dormir porque suben las probabilidades de que la gente ronque o llegue borracha todas las noches). Baño privado, con WIFI gratis y que estuviera cerca del centro para caminar lo que más pudiera. Conseguí hostales −excepto en Florencia donde conseguí un AirB&B en la casa de una italiana genial−, pague máximo diecisiete euros la noche. Hay más baratos pero lowcost para mí no significa UltralowCost, no quiero bichos en mí cama. Se pueden encontrar sitios muy buenos por ese precio que está bien y los hostales con habitaciones de ese precio tienen varias ventajas. Tienen cocina por lo general, ofrecen desayuno o comida gratis y se conoce gente en el mismo plan económico con quien compartir planes.

Internet y otros lujos modernos

Yo nací sin GPS integrado, me pierdo en una baldosa. Ser tan desubicada tiene cosas a su favor: le preguntas a la gente como llegar a los sitios, practicas el idioma si lo sabes, te diviertes haciéndote entender o te pierdes y descubres lugares interesantes. Pero confieso que desde este año mi mejor amigo es Google Maps, ya no sé qué haría sin él. Bueno si sé, lo que hacía antes, perderme más. El truco es comprar una tarjeta de móvil, una SIM en el país, cargada con unos veinte euros y procurar usar el WIFI gratuito en los establecimientos y hostales. Para que la batería dure todo el día se deja el celular en modo avión. Hay que tener las bandas del celular abiertas y activar y desactivar el uso de datos en la configuración. En Andorra no desactivé los datos y sólo con entrar al pequeño país acabe el saldo. En Italia los veinte euros me alcanzaron y sobraron porque además en cada restaurante o café tenían WIFI, si no tenían no entraba, así de simple.

Transporte de riesgo

En Italia, de ciudad a ciudad me moví en tren. Se compran los billetes por Internet más económicos y hay días de descuento, se bajan las aplicaciones de Italotren y Trenitalia y se va mirando. No sé si haya un duende en las búsquedas, pero intentaba comprar un billete, me arrepentía, salía, entraba el día siguiente y misteriosamente me llegaba publicidad “si quiere ir a este lugar hay un descuento del cincuenta por cierto solo por hoy”. Los trayectos de no salieron por más de veinte euros en tren normal (ni de lujo ni ultra económico) y demorándome máximo tres horas. Había opciones más baratas pero de hasta ocho horas de trayecto y no quería pasar tanto tiempo en transporte. Aun así, cuando se es mujer viajera sola, no lo recomiendo en ningún caso. Lo hice en México de Puebla a Villahermosa y me arrepentí las diecisiete horas del trayecto. Así que no se puede confundir viajar lowcost con viaje de riesgo o viaje de incomodidad absoluta. Tal vez en algún momento de la vida sí, pero a los treinta y cuatro años ya no te bancas tanto.

Dentro de la ciudad me moví en bus y a la antigua, a pie. Calles calles y más calles porque traté de caminar en la medida de lo posible y así de paso bajaba las ocho mil calorías que me comía en pasta y gelato. Los taxis me los prohibí y es que en los buses está la gente real. Los tiquetes se compran solo en las tiendas de tabaco y hay muchos, pero no siempre están abiertos. Así que le preguntaba al conductor, ellos sonreían y me dejaban subir gratis (claro el riesgo está en que haya controles, pero los italianos me insistían en que no había de qué preocuparse. Me sentí ilegalmente italiana pues pronto descubrí que el cinco por ciento de los pasajeros pagan el tiquete. Los metros para esa época están abarrotados de turistas y en un bus uno puede decir en voz alta en español ¿alguien sabe cómo puedo llegar a tal sitio? Te responden en italiano, todos al tiempo, (creyendo que les entiendes y que te vas a acordar), te averiguan la vida así no entiendan qué dices, te piden el teléfono o matrimonio, te muestran sus tatuajes y te cuentan la historia que te hace pensar que los personajes de Shakespeare de Romeo y Julieta obvio tenían que ser italianos, las señoras te recuerdan a tu madre y hasta te convencen de ir a su casa a almorzar. Los conductores realmente manejan como locos; tal vez porque no vivo allá día a día el riesgo, pero cada vez que sorteaba un accidente yo no podía contener la risa nerviosa. Dicen que lo barato sale caro pero en algunas cosas no aplica para nada. ¡Los buses urbanos deberían estar en las recomendaciones viajeras!

PPS: Pizza, pasta y spritz

No solo amo comer sino que me gusta comer bien y sumado a eso, tengo hipoglicemia. Muchos han sido testigos de mi transformación cuando sufro de hambre o se me baja el azúcar. El libro de Jekyll and Mr. Hyde se basó en una persona que tenía esa condición. Me armé con nueces, maní y barras de granola en un supermercado para comer entrecomidas. El agua de casi toda Italia es agua potable y hay llaves públicas en todas partes, así que me ahorre millones en agua. El desayuno estaba asegurado en los hostales, el almuerzo lo preparaba o comía en un sitio bueno bonito y caro. La cena si podía ser cualquier cosa, un snack, un pedazo de pizza o pizza a taglio, fruta con queso o ensalada y una cerveza. En algunos sitios de Italia tienen la buena costumbre de tener el apperitivo, por comprar un trago de unos cinco euros tienes derecho al buffet, cuantas veces quieras. Helados, jugos, agua, cafés deliciosos y tragos como el Spritz -que no es muy sabroso pero al final amas tanto Italia que terminas disfrutándolo-, todos estaban presupuestados, antojos comestibles estaban permitidos. En compras definitivamente me reprimí, si no hay plata no hay plata, punto. Ni siquiera miraba. Bueno solo un llavero de cornicello napolitano.

Siete euros en mi billetera

Esta historia tiene final feliz. Logré el objetivo slow pero no fue tan lowcost. Pero sí me devolví con muy pocos euros que me sirvieron para llegar a casa y un bocadillo en el aeropuerto. Fui a museos, galerías, conciertos callejeros, ruinas arqueológicas increíbles, pueblos, parques, monumentos, iglesias y Vaticano, playas, cementerios, plazas, teatros y calles. Por más que lo intenté no pude gastar solo seiscientos euros en veinte días de verano en Italia. Roma y Florencia me exprimieron, afortunadamente Nápoles y Herculano son mucho más baratos que Barcelona. Después de Marruecos no dejaré jamás de nuevo mis tarjetas de crédito, solo las tengo para emergencias y justamente en Italia me sirvieron para eso pero habría amado endeudarme diez años para quedarme más tiempo o haber comido más gelatto y pasta. Fueron los mil euros mejor gastados de mi vida en tan poco tiempo, el dinero invertido en un viaje soñado no es absolutamente nada.