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Recuerdos de serpiente

Luego de una caminata por la selva nos quedamos acampando en un chinchorro y dormimos en hamacas. Fue la noche más intensa que he vivido, el ruido de la selva es ensordecedor, tenía mucho miedo y al mismo tiempo felicidad y adrenalina. Obvio no dormí nada, era demasiado excitante estar ahí y sentir que me rodeaba la selva del Amazonas. Oí un ruido extraño y el guía nos dijo que era un caimán, alumbré el piso con una linterna y miles de ojos pequeñitos y rojos aparecieron, eran arañas, comandadas por la gran tarántula. Cuando apagué la luz, algunas plantas brillaban azules, eflorecían, era como estar en la película de Avatar. Esa noche cazamos un ave (no sé cuál) y la cocinamos al fuego, fue de las mejores cenas de mi vida porque me sentía en completa comunión con la naturaleza, incluso con el espíritu de esa ave. Del día siguiente solamente recuerdo que eran tantos pájaros los que cantaban, que no se podía aislar el canto de alguno y oré porque perdonaran nuestra intromisión y cena anterior.

Amazonas
Vieja foto análoga de mi viaje al Amazonas

Otra noche salimos en una lancha grande a ver caimanes. Nos adentramos en un afluente del río Amazonas y se apagó el motor de la lancha. Estuvimos un buen tiempo en completo silencio y oscuridad, lo que fue atemorizante, hasta que el guía prendió la linterna dirigiendo la luz a la orilla. Ahí estaban, ojos rojos reflectaban la luz y nos tragamos la lengua. Aún no sé cómo, el guía atrapo un caimán bebe y lo subió a la lancha. Lo pasamos de mano en mano… ¡Era tan hermoso! Terroríficamente hermoso. Debía estar muy asustado porque no se movió un milímetro. Mis peores pesadillas siempre fueron con lagartos grandes, seguro las de él desde ese momento son con nosotros. Sostener en mis brazos ese poderoso animal (que por supuesto dejamos en libertad rápidamente), me sirvió para darme cuenta que la mente se puede controlar tanto que incluso puedes sostener y enfrentar lo que más temes, sonriendo. De hecho puedes llegar a amarlo al vencer el miedo.

Otro día, luego de pintarnos la cara como se pintan los Nukak Makú, partimos en pequeñas canoas (cuatro personas por canoa) por uno de los afluentes del río. En el punto en donde paramos nos indicaron cómo lanzar los anzuelos: pescaríamos pirañas. Yo no podía dejar de pensar que si alguna persona cometía un error nos lanzaría al agua, a las fauces de las anacondas, caimanes y pirañas. ¡Sudaba frío! De nuevo estaba muy nerviosa y no pasó nada más que darme cuenta que mis temores eran ridículos. Varias amigas se metieron muy valientemente al agua, los animales “peligrosos” se hacen en las orillas así que supuestamente estaríamos seguras. No fui capaz, pero fui premiada, mientras esperaba sola en la canoa una mariposa azul metalizado gigante me sobrevoló y me sentí en una película de Disney. Mis amigas sobrevivieron a su baño en el río y al volver a las canoas pescamos las pirañas sin hacerles daño para devolverlas al agua vivas. Admiramos su extrañeza, belleza, fealdad, un animal definitivamente curioso, y los temores son completamente infundados pues son diminutas. Las soltamos y confirmamos que no son un mito del álbum de chocolatinas Jet.

El día más agotador caminamos por la selva, cubiertas de capas plásticas por la lluvia constante y evitando al menos en el cuerpo los bichos (por supuesto atacaban la cara), y cuando teníamos sed el guía cortaba una liana y de ella emanaba agua, la más pura y deliciosa, fue electrizante tomar agua de un árbol. De vez en cuando el guía le daba un golpe a alguna inmensa raíz de un árbol, lo que sonaba como un tambor potente. Ahuyentaba depredadores como los jaguares o más bien era un aviso respetuoso para que supieran que entrabamos en su territorio siendo vulnerables, quiero creer que nos observaban a una distancia prudencial. Desde esa noche comenzaron los sueños raros, me acosaban serpientes como ríos, todo en mi sueños eran culebras, hasta los remos de mi canoa onírica las tenían grabadas.

Amazonas 2
Atardecer en el río, foto análoga

Después del viaje, que duró tan solo ocho días, no pude dormir profundamente por varias semanas. No solo por las millones de picaduras de mosquitos, sino porque mi espíritu quedó conmocionado o transformado para siempre. Cuando me lograba quedar dormida, soñaba recurrentemente con un indígena anciano (que no vi) que tenía miles de arrugas en la cara, a las que, no me pregunten cómo, en mis sueños les hacía zoom y descubría que tenían los mismos surcos del río Amazonas y sus vertientes. También me persiguió un sueño de ir en una canoa remando eternamente mientras caía el sol por pequeños corredores del río, en silencio, sabiendo que detrás mío venía un caimán inmenso y la gran anaconda. Los árboles eran de serpientes pero lo bonito de los sueños es que jamás sentía miedo, solo una profunda armonía con la naturaleza, que incluye al miedo.

Cuando vi hace pocos años la gran película “El abrazo de la serpiente”, que me pareció una gran película, reviví varios momentos de mi viaje como la sensación y los sueños. La sensación de entender en un nivel espiritual y abstracto lo que representa la selva, gran eco de un cosmos, la selva no es selva, es perderse y encontrarse en ella, el viaje dentro del viaje, lo más inolvidable y transformador que cualquiera pueda experimentar. No necesité de otra cosa que estar atenta a la selva para sentir su magia, las historias misteriosas de los guías y habitantes son más que estimulantes y se respira todo el tiempo un ambiente surreal, incluso al desayunar cuando te sirvan un Kiwi del tamaño de un coco te sorprenderás, o cuando te encuentres a alguna de las millones de serpientes que están en el piso, en las ramas, en el agua o en las vigas que levantan algunas casas del agua para no ser arrasadas con la subida del agua en época de lluvias.

El mes pasado murió el actor de la película, Antonio Bolívar por coronavirus y al parecer su familia tuvo que pasar por un duro trance pues no pudo acompañarlo en el último momento. Quisiera decirles que, como en la película, él estaba conectado con el espíritu de la selva del Amazonas ya que es tan poderoso y sabio que una vez lo conocemos jamás nos abandona. Lamento su muerte y recomiendo a los lectores de este texto que vean la película y hagan un viaje espiritual leyendo los símbolos que abundan en las manifestaciones artísticas de indígenas de todo el planeta en todos los tiempos. Me pregunto si las serpientes de mis sueños amazónicos son las mismas que inspiraron la película y los sueños que posiblemente tengan todos los que alguna vez conozcan en persona el gran río.