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El parque Tayrona en Colombia

Tenían su carpa en la mejor ubicación de todas, a la que llegaron a tientas en la oscuridad y la lluvia luego de una dura caminata de seis horas por una trocha de barro resbaloso diseñada por el agua y las pisadas de caballos. Se quedaron en Cabo San Juan, la zona de camping más alejada. Al Parque Nacional Natural Tayrona en Colombia no es tan fácil llegar, por suerte.

    Caminaron entre colores, en el Tayrona el cielo se ve rosado, naranja y violeta justo sobre el mar y la diversidad de plantas, animales y peces es increíble. Bañarse en sus aguas es purificador pero nada fácil, el mar casi siempre está picado, incluso en algunos momentos los guardaparques no recomiendan meterse al agua por presencia de tiburones o corrientes marinas. Aún así hay zonas en donde bucear es como una visita a Marte en donde los extraterrestres serán peces de miles de colores. No hay que olvidar que los ladrones son más frecuentes que los tiburones, tienden a esconderse en la jungla para sorprender a los bañistas llevándose sus cosas.

Tayrona|María Antonieta García R.
Playa del Tayrona

    En el horizonte, sobre el mar, se veía una gran tormenta. Se les antojó que era un gran cerebro y que cada rayo y relámpago era una conexión neuronal. También imaginaron que vendría un tsunami y no serían capaces de distinguirlo por la oscuridad, solo podían confiar en lo que veían sus ojos. Se unieron al grupo de viajeros, alguien sacó una guitarra y fue como luz para los insectos: todos terminaron alrededor del instrumento esperando su turno para cantar. Solo había dos alemanes, el resto eran solo latinos y les sorprendió a todos conocer cada canción que se cantó esa noche. Un paraíso perdido donde solo los que se adapten a la naturaleza disfrutarán.

El parque 

El Tayrona es tierra sagrada para los arhuacos (o ikas), los wiwas, los kogis y los kankuamos, todos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Cualquiera que vaya entenderá por que la veneran, la magia se siente desde que se está llegando al lugar, es santuario de plantas y animales salvajes. El Tayrona fue declarado por la UNESCO como Reserva de la Biósfera y Patrimonio de la humanidad.

      Se puede dormir en hoteles cercanos o en carpas, pero lo más recomendado es en hamaca, con toldillo preferiblemente (el repelente es tan caro como la entrada al parque). La comida no es la mejor pero se puede sobrevivir, o se puede llevar comida y agua y para sentirse feliz preparando en una estufa de gas de camping un delicioso menú de atún con mayonesa, fríjoles de lata y exquisita sopa de tomate de sobre.

Tayrona|María Antonieta García R.
Río dulce que desemboca en el mar, Tayrona.

     Hace falta ir muchas veces al Parque Tayrona para entender lo que allí se esconde, pero podría decirse que es un lugar de conexión con la naturaleza. Es uno de esos lugares para emigrar cada vez que el ruido se incrementa. Si va pase por Pueblito, suba por las escalinatas antiguas y absténgase de llevar la cámara fotográfica, o al menos no le tome fotos a los indígenas, no lo permiten o piden dinero a cambio y hay lugares que es mejor guardar en la memoria.

      Un aviso subiendo a Pueblito en la Sierra Nevada de Santa Marta reza: “Si amas más los zapatos que el camino, no vale la pena caminarlo”.

       En caso que no pueda acampar o quedarse en hamacas puede buscar cabañas cercanas o se puede quedar en el pueblo más cercano, Taganga y llegar allí desde lancha. Es un pueblo pescador, lamentablemente es muy sucio y el ambiente es un poco denso, la prostitución y drogas siempre vienen de la mano de los turistas. Pero ofrece muchos restaurantes deliciosos y sitios para contratar servicios de buceo, que no hace falta recomendar, es el caribe colombiano.

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Encuentros en Chiapas: Palenque y Yaxchilán

Palenque

Estaba en Chiapas, México, en medio de la selva cerca de Guatemala. No tenía Internet, mi celular era arcaico y había llegado tras diecisiete horas en bus desde Puebla. Nadie sabía dónde estaba, ni yo. Llegué por inercia y varias veces me pregunté qué demonios hacía ahí, confundida y feliz.

    Por medio de la plataforma Couchsurfing contacté a quien me recibiría en su casa, una plataforma de madera con techo de palmeras. Desde el terminal de Villahermosa llegué a Palenque y así a la casa en el árbol de Raúl, el único Couchsurfer de la zona en esos días. Se asomó un hombre de dos metros, musculoso, trigueño, con pelo negro largo, un collar de calaveras negras y desnudo. Podría afirmar que le vi los dientes filudos. Se tapaba con una pequeña toalla así que supuse que al menos tenía algo de pudor, pero sentí que estaba en presencia del mismísimo Machete. Me mostró la colchoneta donde yo dormiría y estaba sucia con tres gatos medio salvajes encima, así que le dije que le agradecía pero me quedaría en un hostal, el Jungle Palace estaba al lado. Me miró despectivamente y me dijo que era evidente que yo era una chica fresa, estaba muy bravo por mi desprecio, discutimos hasta que me fui, me sentí fatal.

Palenque|María Antonieta García R.
Jungle Palace, en Palenque.

    La noche siguiente, en mi cabaña perfectamente organizada pensé que era efectivamente una fresa solitaria y que debía hacer algo al respecto. Fui con unos bocadillos colombianos −siempre se deben llevar bocadillos de emergencia− a la casa de “Machete”. Le pedí disculpas y le dije que lo invitaba a tomar algo, me respondió: “los jaguares somos así, agresivos pero nobles, tú también lo eres. Bienvenida. Nos vamos a dar un paseo.” No sé de donde sacó lo que quedaba de un Volkswagen blanco, descapotado, con un perro más grande que él en la silla de atrás. Para encender el carro tuvimos que empujarlo y correr a subirnos. Yo no podía creer y moría de risa y nervios, iba con desconocido en un carro destartalado por la mitad de la jungla a toda velocidad con rumbo incierto. Frenó en seco frente a lo que parecía un hotel y salió una chica rusa y ahora éramos tres en la carrera desenfrenada por entre las ramas.

     Resultó ser una noche divertidísima hasta que le dije que me prestara el baño y me entregó una linterna de cabeza. Me dijo “ahí tienes el baño” y señaló los árboles (la casa no tenía paredes). Ni por error me iba a meter en la noche ahí, menos cuando la selva es lo más activo del mundo cuando oscurece. Mi naturaleza frutal salió a flote y entre risas me despedí pues iría al cómodo baño de mi cabaña. No me acuerdo de todas las historias que me contaron sobre los Mayas, pues ambos eran guías turísticos de Palenque, pero fue una de mis mejores noches en México. Además me sirvió para relajarme, confiar y confirmar que uno es el único que decide cómo tomar la vida, si como víctima o como jaguar.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

     El día siguiente fui al parque arqueológico de Palenque. Es un lugar mágico en todo el sentido de la palabra, sofocante por la humedad, pero absolutamente hermoso. Las ruinas están muy bien conservadas, las pirámides y las escalinatas te hacen viajar al pasado e imaginar que estás viviendo allí, que eres parte de algo más poderoso. Siempre he sentido orgullo por tener sangre indígena, los colombianos tenemos todas las sangres. Sentí vanidad de ser americana, de ser hermana de este gran país. En Colombia nuestros indígenas no dejaron grandes monumentos, su legado fue espiritual, así que uno se maravilla cuando ve ruinas como estas.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

Yaxchilán

Raúl y su amiga rusa me recomendaron ir al sitio más increíble que he visitado en mi vida, Yaxchilán. Un santuario de ceibas y ruinas mayas al que se llega luego de unas horas en bus y dos en lancha adentro del río Usumacinta. Allí y desde antes de partir, mis miedos instintivos se dispararon, pero mi valentía también. Desperté y después de quitarme las cucarachas que caminaban por mi cuerpo con calma, tuve que bañarme a las cuatro de la mañana. No por esas dos cosas digo que fui valiente, aunque también,  sino por lo que sigue: los monos aulladores parecían estar justo encima de mi cabaña y sus gritos son aterradores, amo los animales pero estos micos me generaron miedo. Me bañé pegada a la pared porque frente a mi había una ventana de rejas, pensaba que aparecerían en ella y estirarían sus garras y me matarían. No son agresivos, la loca era yo. Tomé mi navaja y una linterna, el sombrero de Indiana Jones y fui rumbo al punto de encuentro entre la oscuridad. Estaba dispuesta a asesinar a cualquier simio que se me apareciera en el camino, así midiera lo mismo que yo, metro y medio. Comprobé que no era la única aterrada pues los otros seis personajes que irían conmigo al tour llegaron pálidos. Pensé que no tenía con quien reírme de mis aventuras en solitario pero que al estar sola me obligaba a ser capaz de muchas cosas que de otra manera no habría ensayado hacer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Río Usumacinta, rumbo a Yaxchilan en México.

     El viaje fue hermoso, el río es inmenso, se parece al Amazonas. Llegamos a Yaxchilán y el chico del tour nos dijo “disfruten, vuelvo en unas tres horas, cuidado con el jaguar que dicen vive entre los templos”. Sonriendo se alejó en la lancha y nosotros pasamos saliva. Entre en uno, estaba completamente oscuro, prendí la linterna y como en una película de terror alumbre a Drácula. Un murciélago de unos setenta centímetros de longitud colgaba frente a mí. Me sorprendió de nuevo la tranquilidad con que tomé el descubrimiento. Usas la cabeza y sobrevives sí o sí, no hay nadie que te defienda de cucarachas o dráculas. La chica que estaba detrás mío cuando lo vio comenzó a gritar y el animal se movió, casi muero. Le dije a la mujer “cálmate, no hace nada y si sigues gritando lo vas a despertar”. Increíble, yo era un Maestro Shaolín y me había enfrentado con éxito a esa bestia. Hablo del murciélago.

     En Yaxchilán, que traduce en maya piedras verdes, duermen los muertos bajo las ceibas. Me senté bajo una de ellas a meditar, cuando abrí los ojos llovían pequeñas flores blancas y amarillas. Ahí ya no era Maestro Shaolín, era el mismísimo Buda presenciando una maravilla de la naturaleza. A uno de los templos no entre, sentí que no debía, que no me era permitido. Conectarse con la intuición es otra de las cosas que pasan cuando se viaja solo y hay que saber obedecer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Sitio arqueológico maya de Yaxchilán en México.

     Al regreso, después de parar en Bonampak y admirar la verdadera Capilla Sixtina Maya, tuve otro regalo. Me habían contado sobre un pájaro que se llama quetzal, el de las plumas verdes y azules del tocado de los sacerdotes y reyes indígenas. De sus plumas era la serpiente del dios Kukulkán. Es un ave sagrada para Aztecas y Mayas que simboliza la libertad y está en peligro de extinción. Se reconoce porque tiene las plumas de la cola muy largas y una cresta que, yo diría, es un poco punk. Cual sería mi sorpresa cuando vi por la ventana de la camioneta un quetzal volando, a nuestra velocidad. Dicen que se quedó mudo tras la conquista española y volverá a cantar cuando la tierra sea libre. Creo que no sólo al quetzal le ha pasado algo así alguna vez y espero que vuelva a cantar.

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En barco a la Isla Gorgona en Colombia

A nuestros egocéntricos quince años pretendimos sentirnos conquistadoras de otras tierras. Por eso, a la que fué una antigua cárcel rodeada por tiburones, situada en el pacífico colombiano, llegamos por vía marítima. En lancha son tres horas desde Buenaventura, puerto abandonado y maloliente con vestigios de algún día haber tenido un mejor momento. Elegimos el barco, doce horas de viaje por mar abierto, sonaba más romántico y aventurero que en lancha durante tres horas.

     Nos dieron pastillas para evitar el mareo y dormir, jamás me imaginé que me iba a fundir así. Estaba tan dormida que ni recuerdo haber bajado de un bus en la noche y caminar al muelle, tal vez alguien me arrastró. Me desperté en una litera de un metro de ancho con un cojín de cuero negro viejo que olía a pescado, seis literas en ese pequeño cuarto con otras zombies dormidas.

     No podía creerlo, ya estaba en el mar, no sabía cuánto tiempo había pasado. En la pared vi un escorpión gigante así que me lancé al suelo, no lo volví a ver. Aún creo que fue una alucinación, aunque una amiga el día siguiente supuestamente tenía en su cara restos de orina de cucaracha −las cucarachas de los barcos son gigantes y su orina deja halos blancos−, así que posiblemente confundí una cucaracha con escorpión. En cualquiera de los casos habrían podido darme dos infartos, uno por miedo y otro por asco.

Roca "La viuda", junto a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Roca “La viuda”, junto a Gorgona.

    Me levanté medio dormida y con dificultad, pues en mar abierto el piso realmente se mueve de un lado a otro. Descubrí el paisaje más hermoso e increíble que he visto jamás: el cielo lleno de estrellas no tenía fin. El agua se confundía con todo, no se veía el horizonte. Las estrellas reflejadas hacían parecer el mar, otro cielo. No me recuperaba de la emoción cuando vi el borde del barco: brillaba. ¡Las algas que golpeaban el barco eflorecían! Las gotas del mar parecían saltarinas hadas verdes que nos sostenían con magia.

     Dormí para evitar el mareo pues varias de mis compañeras estaban vomitando en la proa, en fila, lo que fue realmente cómico. Hasta que me despertaron gritos, ¡tierra! Pensé en la emoción de Cristóbal Colón y sus tripulantes. ¡Delfines! Pensé en Darwin llegando a Galápagos. Una fila de delfines saltaba a los lados del barco a nuestra velocidad, nada más sublime. Mis ojos estaban desorbitados y llenos de lágrimas, una pequeña isla color verde rana y mar esmeralda nos recibía. A los quince años no se tiene claro ni quién es uno ni qué quiere −tal vez nunca se tiene del todo claro−, pero esa experiencia dibujó un objetivo que aún me hace vibrar. Mi primer gran viaje me había transformado.

Gorgona|María Antonieta García R.
Llegando a la isla.

      La isla fue llamada así en honor a la diosa griega que llevaba serpientes en su cabeza que petrificaba a quien se atreviera a mirarla. Realmente acertaron con el nombre, hacía donde se mire hay serpientes y por suerte me fascinan. Debido a esta particularidad está completamente prohibido tomar alcohol, el suero antiofidico no surtiría efecto en caso de mordedura de una venenosa, aunque las que más pululan son simples constrictoras. Gorgona, con sus micos, tiburones, serpientes, peces de colores, caracoles ermitaños, con su agua pura, con sus pocos y sonrientes habitantes, me selló el destino.

      No me tocó el espectáculo de ver las ballenas jorobadas que van a sus aguas a tener los ballenatos. Tengo que regresar, aún recuerdo el cassette de música cubana que llevé en mi walkman, resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película antigua en un lugar surreal.

Rumbo a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Rumbo a Gorgona en el barco.
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Cumbres de niebla en Machu Picchu

Les recomiendo leer este post mientras escuchan esta música que me acompañó mientras bajaba la montaña de Wayna Picchu, el guía que a oía me dijo que era música de meditación Inca.

Luego de cuatro horas en tren desde Cuzco, admirando imponentes montañas y el río Urubamba, se llega a un pueblo pequeño y pasado por agua: Aguascalientes. Sus calles empinadas están llenas de tiendas y restaurantes. Todo está muy influído por el turismo masivo, pero aún se ven en las calles más alejadas casas tradicionales y niños jugando fútbol debajo de los aguaceros y el frío.

     En Aguascalientes se duerme una noche después de una deliciosa cena de comida peruana y en la mañana se compra el tiquete para el bus que sube a la entrada del parque arqueológico de Machu Picchu. Previamente la entrada al parque se debe comprar por Internet con mínimo cuatro meses de anterioridad, si se pretende subir a Wayna Picchu, la montaña más alta, seis meses antes. Filas de turistas, principalmente orientales y brasileros (creo que por que son los más dispuestos a pagar los altísimos precios en Perú) rodean la entrada.

Machu Picchu, Perú|María Antonieta García R.
Machu Picchu, Perú.

     Después de ponerme un sello de la montaña en mi pasaporte (luego supe es ilegal), comenzamos el recorrido y la subida al Wayna Picchu. No entiendo cómo los incas si eran tan bajitos como yo hicieron unas escalinatas tan altas. A cada una mis rodillas protestaban. Se construyeron in situ pero realmente parecían adecuadas para alemanes. Nos habían dicho que una persona en buen estado físico subía en dos horas, nos demoramos cuatro horas y media. La llovizna hizo de las piedras un jabón, la neblina a veces no nos dejaba ver más allá de nuestra mano y descubrimos que Bogotá es más alta que Wayna Picchu pero definitivamente cuesta más subir la montaña.

Machu Picchu, Perú|María Antonieta García R.
Vista desde el Wayna Picchu.

     Se siente una vibración especial, silenciosa, respetuosa. No suelo ser miedosa pero sí  supersticiosa y de vez en cuando en mi subida, les pedía a los ancestros su permiso (y una ayudita que no me caía nada mal), para seguir el ascenso. Al llegar a la cima se despejó cinco minutos la neblina, contemplé el paisaje más imponente que he visto, tomé una foto y se tapó de nuevo. Todo el esfuerzo había valido la pena.

Machu Picchu, Perú|María Antonieta García R.
Terrazas de Machu Picchu.

     Muchas veces temí por mi vida, realmente es peligroso y más aún si está mojado el suelo. Los ancestros me enviaron a un guardaparques que me daba la mano para pasar los tramos más miedosos en la bajada, menos mal. Lo mejor de todo es que llevaba un discman sonando con música andina, ahí sí que me sentí ambientada. Olvidé su uniforme e imaginé que yo era una princesa Inca camino a mi trono siendo acompañada por uno de los príncipes. Varios turistas deportistas e incluso ancianos, nos pasaron, pero nosotros no llevábamos prisa. Disfruté el descenso como un sueño empañado de gris y roca lisa, un camino contemplativo acompañado de viento y pájaros.