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Buena suerte en el desierto de la Tatacoa

3º13′ de Latitud Norte y 75º10′ de Longitud Oeste, cerca del Ecuador terrestre. El mejor lugar para ver estrellas pues no hay contaminación lumínica ni auditiva en una gran extensión. Pocos saben que Colombia tiene todos los climas y escenarios naturales posibles, incluidos los desiertos y cañones.

El desierto de la Tatacoa.

       Entre los destinos áridos del país sobresalen la Guajira y el desierto de la Tatacoa, este último en el Huila, cerca de Neiva. El desierto tiene dos zonas: una gris que llaman Los Hoyos y otra ocre que llaman Cuzco por su parecido con las montañas peruanas. El ‘conquistador’ español que llegó a ver ese valle lo bautizó “El valle de las tristezas” y luego se asoció a las serpientes venenosas que allí abundan, como la Tatacoa y cambio su nombre de nuevo. Las serpientes no se olvidaron ya que un dicho popular dice que cuando alguien esta muy malgeniado está tan bravo como una tatacoa.

Desierto de la Tatacoa | María Antonieta García R.

        Luego de ir a San Agustín llegué al desierto y me quedé en una posada, los campesinos que viven allí alquilan habitaciones o zonas de camping por módicos precios y sencillas condiciones. Además ofrecen comida tengan restaurante o no y en especial el cabrito asado resulta un plato exquisito. Muchos van también a buscar fósiles de dinosaurios. Solo me quedé dos días y una noche pero es un lugar para disfrutar varios días pues es fascinante. El día que llegué, una nube densa cubría el cielo y empecé a temer que no podría ver ninguna estrella. A las siete de la noche fui al observatorio astronómico que hay allá y me lo confirmaron, las condiciones no eran adecuadas y no se vería ni la luna.

        Luego de una charla con un astrónomo en la que nos hizo “imaginar” las constelaciones que habríamos podido ver, volví a la posada resuelta a volver otro día pues valía la pena el viaje y era evidente que las estrellas se debían ver increíbles desde ahí. En medio de camino comenzó a llover. No lo podía creer, la gente corría a esconderse, otra se quedaba bajo la lluvia y se escuchó una especie de algarabía. Los campesinos sacaban tinajas, baldes, cocas, telas, lo que fuera para recoger agua; fue un aguacero rápido y abundante.

Desierto de la Tatacoa|María Antonieta García
Cactus florecido en el desierto de la Tatacoa.

     No se sabe cuándo algo pasa por buena o mala suerte, en este caso estaba un poco confundida. Había viajado de muy lejos para vivir mi experiencia soñada y la había perdido por cuenta de la a veces impredecible naturaleza. Cuando me quejé con el dueño del albergue por mi decepción me contó que hacía seis meses no caía una gota de agua. Me disculpé, como siempre la ignorancia y el egoísmo humano por delante. La lluvia en el desierto es un signo incuestionable de buena suerte. ¡No me había dado cuenta que era lo mejor que les había podido pasar en mucho tiempo! Las plantas al otro día lo confirmaron: olía a arena mojada, el aire estaba limpio y era reconfortante la frescura del ambiente. Además, se alcanzaban a distinguir algunos retoños de flores hermosos entre los fósiles impasibles.

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Ortedó, en los pirineos catalanes

En Cataluña se celebró en junio el décimo Festival de cine de montaña Picurt en la Seu d’Urgell y Ortedó y corrí con la suerte de ser una de las estudiantes invitadas del Máster de Periodismo de viajes de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Además de las varias actividades que ofrece esta zona del país y el festival, algo llama especialmente la atención: descubrir que las montañas y bosques tienen guardados un pueblo de fantasía. Tal como en un cuento medieval de princesas y dragones, sobre todo cuando se acompañan las experiencias con la presentación de un grupo de música tradicional catalana.

Ortedó|María Antonieta García R.

También conocido como Artedó, pertenece al municipio de Alàs i Cerc en el Alt Urgell y está ubicado en una de las vertientes de la sierra del Cadí. Su arquitectura simple, en piedra oscura y sus paisajes rurales transmiten paz. Es aquí donde se hacen un par de actividades del festival de cine de montaña Picurt.

Lamentablemente no vive nadie allí, una persona anciana, es difícil imaginar una vida tan solitaria. Debería considerarse impulsar este destino pues es realmente una lástima que un lugar así de rico en paisajes se desaprovechara.

Ortedó|María Antonieta García R.

Se deben evitar a toda costa los destinos de moda, las grandes ciudades. Lo mejor es buscar pueblos como este, olvidados y hermosos. En estos lugares se logra una sincera e impactante inmersión cultural.

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El sueño de la pluma blanca en la Guajira, Colombia

La Guajira es la punta superior del mapa colombiano, la desértica península junto al mar Caribe. Ahí habitan los Wayuu, la comunidad indígena más numerosa de Colombia, para quienes existen los piaches, en wayuunaiki los brujos. Los encargados de comunicarse a seres sobrenaturales como los Pulowi −el espíritu de la tierra−, los Wanulu −espíritu de la desgracia− o los Yolujaa −espíritu del Wayuu muerto−. El papel más importante que tienen es el de interpretar los sueños, que para ellos son revelaciones y profecías. Yo sabía esto antes de ir a la Guajira así que una noche antes de viajar pedí al universo que me regalara un sueño que interpretaran para mí los brujos de los Wayuu, y lo tuve.

     Santa Marta, el Tayrona, Rioacha, La Guajira. Dos días de viaje para llegar al desierto caribeño. Hay flamencos rosados, salinas, es paradisíaco. Aunque en algún punto me topé con un horrible hoyo que se ve desde el cielo, la mina de carbón del Cerrejón. Nos quedamos a dormir en un chinchorro en la playa, un techo con hamacas colgando. Obviamente con mosquitero, sino no estaría contando la historia. Allí a cada una se le asignó una botella de gaseosa de dos litros y medio con agua potable, nos tenía que durar tres días “ustedes verán si se la toman o se bañan con ella”. Fue la primera vez que sentí lo que es racionar el agua que necesitas para sobrevivir.

     Antes de dormir nos bañamos en el mar que en ese lugar era muy calmado y quieto, y descubrimos que unos pequeños insectos marinos se nos pegaban a la piel. Gritamos un buen rato hasta que descubrimos que no hacían nada y podíamos soportar los bichos. Vi un satélite, no era una estrella fugaz normal, el recorrido que seguía era de bucle. Al menos fue la explicación más lógica que me dieron, pero siempre me quedó la duda de si era real o era un ovni.

       Dormí luego de curarles la fiebre a varias amigas que se insolaron por llevar shorts y camisetas sexys en una caminata de tres horas por el desierto de la Guajira para ir al Cabo de la Vela. Este último, uno de los lugares más hermosos que he visto. Desde ahí aprecié por primera vez que efectivamente habían dibujado bien el mapa, ya que sin razón desconfiaba de los cartógrafos. Sentí la fuerza del viento que venía de fuera del continente, respiré hondo pensando que era aire que podía ser africano, europeo, asiático o de cualquier parte del mundo.

        El chico que hacía de guía, nos invitó al grupo de viajeras a meditar. Era un lugar poderoso, era un momento de nuestras vidas inigualable, nos tomamos de las manos y lloramos varias de felicidad agradeciendo poder estar ahí. Sentía que podía volar.

La playa en la Guajira, Colombia|María Antonieta García R.
La playa.

     Soñé esa noche, luego de contar cuentos de terror en un faro que había cerca, que yo perseguía una pluma blanca en la playa. El viento cambiaba de dirección y la pluma se me soltaba de las manos. Caía al mar y bajaba la marea, me metía al mar y subía la marea. Fue el sueño más angustiante, no conseguí atrapar de nuevo la pluma blanca.

     “Necesito la ayuda del piache”, me llevaron aparte cuando ya estábamos en la ranchería Wayuu. La líder, pues es un matriarcado, me preguntó para qué lo solicitaba, le dije y sonrió. Me llevaron a un cuarto de barro en donde estaba una anciana que no hablaba español, me dio la mano. Le dije mi sueño mientras le traducían y hubo silencio un buen rato. “La pluma significa la felicidad en el amor, no la lograste alcanzar”. Sude frío y pregunté que podía hacer para cambiar eso y me respondió “soñar de nuevo, agarrar la pluma blanca”. La magia terminó con el sonido de una camioneta, con vallenato a todo volumen. Frenó en seco tras un giro cinematográfico y se escuchó “¡Chirrinchi!”. Como llamadas por una fuerza sobrenatural llegamos a comprar botellas de gaseosa de dos litros y medio, esta vez llenas ese venenoso aguardiente guajiro. Lo que casi nos hace desistir de subir a Pueblito en el Tayrona el día siguiente. El espíritu del alcohol, que no sé cómo se dirá en wayuunaiki, nos poseyó y el baile tradicional de cortejo con las mantas guajiras y la música se convirtieron en fiesta.

      La piache tenía razón, el amor me ha hecho feliz por episodios y deseo algo que jamás he tenido con una pareja hasta el momento, posiblemente porque no lo tenía ni conmigo misma. Espero volver a la Guajira a contarle un nuevo sueño a la piache y dormir en una hamaca junto al mar.

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Piña colada en Barú, Colombia

“¡La trenza! ¡el masaje! ¡collares de conchitas! ¡cóctel de camarones!” Gritan los vendedores en la playa acompañándolo con “mona, gringa, señorita” o “mami”. El paraíso por el paisaje, el infierno del turismo en Cartagena. Las playas están sucias, es una ciudad para hacer turismo urbano, no para ir al mar. Por eso si uno quiere playa y mar limpio, tiene que irse a la isla de Barú, conectada por un puente con la ciudad a cuarenta y cinco minutos en bus desde el centro. Obviamente en cualquiera de las playas sería recomendable no dejar basura y si se le enreda alguna entre las manos mejor para ayudar a limpiar la playa.

Cartagena, Colombia|María Antonieta García R.
Cartagena desde el Castillo de San Felipe.

     Se dejan atrás hordas de turistas y restos de basura en la playa junto a los comedores de pescado. Con suerte no se pinchan los pies con una espina o una tapa de cerveza. Allá no es como en la Barceloneta de Barcelona que pasan camiones limpiando cada noche, en ambos sitios la gente es inconsciente y deja basura por doquier. Luego de una larga caminata por la playa se llega al paraíso perdido en Barú.

Barú, Colombia|María Antonieta García R.
Playa de Barú.

     Hay dos opciones en Barú: Hostales baratos u hoteles, aunque en ambas opciones la manera de llegar será por tierra o en lancha y posiblemente se quedarán sin luz desde las seis de la tarde a las seis de la mañana. Los hoteles no son de lujo pero la playa sí que lo es. ¿No suena a aventura? Un atardecer de colores, el mar cristalino y tibio, arena blanca, la noche silenciosa, estrellas y mosquitos atrevidos, todo hace a Barú inolvidable. Eso sí, hay que aprender a identificar los vendedores ambulantes desde la lejanía y justo cuando pasen uno se hace el dormido, aunque a veces no funciona.

     No se debe olvidar bajo ninguna circunstancia probar una de las delicias de la costa caribe colombiana, la piña colada. ¡Dos, bien cargaditas de ron!

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El parque Tayrona en Colombia

Tenían su carpa en la mejor ubicación de todas, a la que llegaron a tientas en la oscuridad y la lluvia luego de una dura caminata de seis horas por una trocha de barro resbaloso diseñada por el agua y las pisadas de caballos. Se quedaron en Cabo San Juan, la zona de camping más alejada. Al Parque Nacional Natural Tayrona en Colombia no es tan fácil llegar, por suerte.

    Caminaron entre colores, en el Tayrona el cielo se ve rosado, naranja y violeta justo sobre el mar y la diversidad de plantas, animales y peces es increíble. Bañarse en sus aguas es purificador pero nada fácil, el mar casi siempre está picado, incluso en algunos momentos los guardaparques no recomiendan meterse al agua por presencia de tiburones o corrientes marinas. Aún así hay zonas en donde bucear es como una visita a Marte en donde los extraterrestres serán peces de miles de colores. No hay que olvidar que los ladrones son más frecuentes que los tiburones, tienden a esconderse en la jungla para sorprender a los bañistas llevándose sus cosas.

Tayrona|María Antonieta García R.
Playa del Tayrona

    En el horizonte, sobre el mar, se veía una gran tormenta. Se les antojó que era un gran cerebro y que cada rayo y relámpago era una conexión neuronal. También imaginaron que vendría un tsunami y no serían capaces de distinguirlo por la oscuridad, solo podían confiar en lo que veían sus ojos. Se unieron al grupo de viajeros, alguien sacó una guitarra y fue como luz para los insectos: todos terminaron alrededor del instrumento esperando su turno para cantar. Solo había dos alemanes, el resto eran solo latinos y les sorprendió a todos conocer cada canción que se cantó esa noche. Un paraíso perdido donde solo los que se adapten a la naturaleza disfrutarán.

El parque 

El Tayrona es tierra sagrada para los arhuacos (o ikas), los wiwas, los kogis y los kankuamos, todos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Cualquiera que vaya entenderá por que la veneran, la magia se siente desde que se está llegando al lugar, es santuario de plantas y animales salvajes. El Tayrona fue declarado por la UNESCO como Reserva de la Biósfera y Patrimonio de la humanidad.

      Se puede dormir en hoteles cercanos o en carpas, pero lo más recomendado es en hamaca, con toldillo preferiblemente (el repelente es tan caro como la entrada al parque). La comida no es la mejor pero se puede sobrevivir, o se puede llevar comida y agua y para sentirse feliz preparando en una estufa de gas de camping un delicioso menú de atún con mayonesa, fríjoles de lata y exquisita sopa de tomate de sobre.

Tayrona|María Antonieta García R.
Río dulce que desemboca en el mar, Tayrona.

     Hace falta ir muchas veces al Parque Tayrona para entender lo que allí se esconde, pero podría decirse que es un lugar de conexión con la naturaleza. Es uno de esos lugares para emigrar cada vez que el ruido se incrementa. Si va pase por Pueblito, suba por las escalinatas antiguas y absténgase de llevar la cámara fotográfica, o al menos no le tome fotos a los indígenas, no lo permiten o piden dinero a cambio y hay lugares que es mejor guardar en la memoria.

      Un aviso subiendo a Pueblito en la Sierra Nevada de Santa Marta reza: “Si amas más los zapatos que el camino, no vale la pena caminarlo”.

       En caso que no pueda acampar o quedarse en hamacas puede buscar cabañas cercanas o se puede quedar en el pueblo más cercano, Taganga y llegar allí desde lancha. Es un pueblo pescador, lamentablemente es muy sucio y el ambiente es un poco denso, la prostitución y drogas siempre vienen de la mano de los turistas. Pero ofrece muchos restaurantes deliciosos y sitios para contratar servicios de buceo, que no hace falta recomendar, es el caribe colombiano.

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Encuentros en Chiapas: Palenque y Yaxchilán

Palenque

Estaba en Chiapas, México, en medio de la selva cerca de Guatemala. No tenía Internet, mi celular era arcaico y había llegado tras diecisiete horas en bus desde Puebla. Nadie sabía dónde estaba, ni yo. Llegué por inercia y varias veces me pregunté qué demonios hacía ahí, confundida y feliz.

    Por medio de la plataforma Couchsurfing contacté a quien me recibiría en su casa, una plataforma de madera con techo de palmeras. Desde el terminal de Villahermosa llegué a Palenque y así a la casa en el árbol de Raúl, el único Couchsurfer de la zona en esos días. Se asomó un hombre de dos metros, musculoso, trigueño, con pelo negro largo, un collar de calaveras negras y desnudo. Podría afirmar que le vi los dientes filudos. Se tapaba con una pequeña toalla así que supuse que al menos tenía algo de pudor, pero sentí que estaba en presencia del mismísimo Machete. Me mostró la colchoneta donde yo dormiría y estaba sucia con tres gatos medio salvajes encima, así que le dije que le agradecía pero me quedaría en un hostal, el Jungle Palace estaba al lado. Me miró despectivamente y me dijo que era evidente que yo era una chica fresa, estaba muy bravo por mi desprecio, discutimos hasta que me fui, me sentí fatal.

Palenque|María Antonieta García R.
Jungle Palace, en Palenque.

    La noche siguiente, en mi cabaña perfectamente organizada pensé que era efectivamente una fresa solitaria y que debía hacer algo al respecto. Fui con unos bocadillos colombianos −siempre se deben llevar bocadillos de emergencia− a la casa de “Machete”. Le pedí disculpas y le dije que lo invitaba a tomar algo, me respondió: “los jaguares somos así, agresivos pero nobles, tú también lo eres. Bienvenida. Nos vamos a dar un paseo.” No sé de donde sacó lo que quedaba de un Volkswagen blanco, descapotado, con un perro más grande que él en la silla de atrás. Para encender el carro tuvimos que empujarlo y correr a subirnos. Yo no podía creer y moría de risa y nervios, iba con desconocido en un carro destartalado por la mitad de la jungla a toda velocidad con rumbo incierto. Frenó en seco frente a lo que parecía un hotel y salió una chica rusa y ahora éramos tres en la carrera desenfrenada por entre las ramas.

     Resultó ser una noche divertidísima hasta que le dije que me prestara el baño y me entregó una linterna de cabeza. Me dijo “ahí tienes el baño” y señaló los árboles (la casa no tenía paredes). Ni por error me iba a meter en la noche ahí, menos cuando la selva es lo más activo del mundo cuando oscurece. Mi naturaleza frutal salió a flote y entre risas me despedí pues iría al cómodo baño de mi cabaña. No me acuerdo de todas las historias que me contaron sobre los Mayas, pues ambos eran guías turísticos de Palenque, pero fue una de mis mejores noches en México. Además me sirvió para relajarme, confiar y confirmar que uno es el único que decide cómo tomar la vida, si como víctima o como jaguar.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

     El día siguiente fui al parque arqueológico de Palenque. Es un lugar mágico en todo el sentido de la palabra, sofocante por la humedad, pero absolutamente hermoso. Las ruinas están muy bien conservadas, las pirámides y las escalinatas te hacen viajar al pasado e imaginar que estás viviendo allí, que eres parte de algo más poderoso. Siempre he sentido orgullo por tener sangre indígena, los colombianos tenemos todas las sangres. Sentí vanidad de ser americana, de ser hermana de este gran país. En Colombia nuestros indígenas no dejaron grandes monumentos, su legado fue espiritual, así que uno se maravilla cuando ve ruinas como estas.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

Yaxchilán

Raúl y su amiga rusa me recomendaron ir al sitio más increíble que he visitado en mi vida, Yaxchilán. Un santuario de ceibas y ruinas mayas al que se llega luego de unas horas en bus y dos en lancha adentro del río Usumacinta. Allí y desde antes de partir, mis miedos instintivos se dispararon, pero mi valentía también. Desperté y después de quitarme las cucarachas que caminaban por mi cuerpo con calma, tuve que bañarme a las cuatro de la mañana. No por esas dos cosas digo que fui valiente, aunque también,  sino por lo que sigue: los monos aulladores parecían estar justo encima de mi cabaña y sus gritos son aterradores, amo los animales pero estos micos me generaron miedo. Me bañé pegada a la pared porque frente a mi había una ventana de rejas, pensaba que aparecerían en ella y estirarían sus garras y me matarían. No son agresivos, la loca era yo. Tomé mi navaja y una linterna, el sombrero de Indiana Jones y fui rumbo al punto de encuentro entre la oscuridad. Estaba dispuesta a asesinar a cualquier simio que se me apareciera en el camino, así midiera lo mismo que yo, metro y medio. Comprobé que no era la única aterrada pues los otros seis personajes que irían conmigo al tour llegaron pálidos. Pensé que no tenía con quien reírme de mis aventuras en solitario pero que al estar sola me obligaba a ser capaz de muchas cosas que de otra manera no habría ensayado hacer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Río Usumacinta, rumbo a Yaxchilan en México.

     El viaje fue hermoso, el río es inmenso, se parece al Amazonas. Llegamos a Yaxchilán y el chico del tour nos dijo “disfruten, vuelvo en unas tres horas, cuidado con el jaguar que dicen vive entre los templos”. Sonriendo se alejó en la lancha y nosotros pasamos saliva. Entre en uno, estaba completamente oscuro, prendí la linterna y como en una película de terror alumbre a Drácula. Un murciélago de unos setenta centímetros de longitud colgaba frente a mí. Me sorprendió de nuevo la tranquilidad con que tomé el descubrimiento. Usas la cabeza y sobrevives sí o sí, no hay nadie que te defienda de cucarachas o dráculas. La chica que estaba detrás mío cuando lo vio comenzó a gritar y el animal se movió, casi muero. Le dije a la mujer “cálmate, no hace nada y si sigues gritando lo vas a despertar”. Increíble, yo era un Maestro Shaolín y me había enfrentado con éxito a esa bestia. Hablo del murciélago.

     En Yaxchilán, que traduce en maya piedras verdes, duermen los muertos bajo las ceibas. Me senté bajo una de ellas a meditar, cuando abrí los ojos llovían pequeñas flores blancas y amarillas. Ahí ya no era Maestro Shaolín, era el mismísimo Buda presenciando una maravilla de la naturaleza. A uno de los templos no entre, sentí que no debía, que no me era permitido. Conectarse con la intuición es otra de las cosas que pasan cuando se viaja solo y hay que saber obedecer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Sitio arqueológico maya de Yaxchilán en México.

     Al regreso, después de parar en Bonampak y admirar la verdadera Capilla Sixtina Maya, tuve otro regalo. Me habían contado sobre un pájaro que se llama quetzal, el de las plumas verdes y azules del tocado de los sacerdotes y reyes indígenas. De sus plumas era la serpiente del dios Kukulkán. Es un ave sagrada para Aztecas y Mayas que simboliza la libertad y está en peligro de extinción. Se reconoce porque tiene las plumas de la cola muy largas y una cresta que, yo diría, es un poco punk. Cual sería mi sorpresa cuando vi por la ventana de la camioneta un quetzal volando, a nuestra velocidad. Dicen que se quedó mudo tras la conquista española y volverá a cantar cuando la tierra sea libre. Creo que no sólo al quetzal le ha pasado algo así alguna vez y espero que vuelva a cantar.

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En barco a la Isla Gorgona en Colombia

A nuestros egocéntricos quince años pretendimos sentirnos conquistadoras de otras tierras. Por eso, a la que fué una antigua cárcel rodeada por tiburones, situada en el pacífico colombiano, llegamos por vía marítima. En lancha son tres horas desde Buenaventura, puerto abandonado y maloliente con vestigios de algún día haber tenido un mejor momento. Elegimos el barco, doce horas de viaje por mar abierto, sonaba más romántico y aventurero que en lancha durante tres horas.

     Nos dieron pastillas para evitar el mareo y dormir, jamás me imaginé que me iba a fundir así. Estaba tan dormida que ni recuerdo haber bajado de un bus en la noche y caminar al muelle, tal vez alguien me arrastró. Me desperté en una litera de un metro de ancho con un cojín de cuero negro viejo que olía a pescado, seis literas en ese pequeño cuarto con otras zombies dormidas.

     No podía creerlo, ya estaba en el mar, no sabía cuánto tiempo había pasado. En la pared vi un escorpión gigante así que me lancé al suelo, no lo volví a ver. Aún creo que fue una alucinación, aunque una amiga el día siguiente supuestamente tenía en su cara restos de orina de cucaracha −las cucarachas de los barcos son gigantes y su orina deja halos blancos−, así que posiblemente confundí una cucaracha con escorpión. En cualquiera de los casos habrían podido darme dos infartos, uno por miedo y otro por asco.

Roca "La viuda", junto a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Roca “La viuda”, junto a Gorgona.

    Me levanté medio dormida y con dificultad, pues en mar abierto el piso realmente se mueve de un lado a otro. Descubrí el paisaje más hermoso e increíble que he visto jamás: el cielo lleno de estrellas no tenía fin. El agua se confundía con todo, no se veía el horizonte. Las estrellas reflejadas hacían parecer el mar, otro cielo. No me recuperaba de la emoción cuando vi el borde del barco: brillaba. ¡Las algas que golpeaban el barco eflorecían! Las gotas del mar parecían saltarinas hadas verdes que nos sostenían con magia.

     Dormí para evitar el mareo pues varias de mis compañeras estaban vomitando en la proa, en fila, lo que fue realmente cómico. Hasta que me despertaron gritos, ¡tierra! Pensé en la emoción de Cristóbal Colón y sus tripulantes. ¡Delfines! Pensé en Darwin llegando a Galápagos. Una fila de delfines saltaba a los lados del barco a nuestra velocidad, nada más sublime. Mis ojos estaban desorbitados y llenos de lágrimas, una pequeña isla color verde rana y mar esmeralda nos recibía. A los quince años no se tiene claro ni quién es uno ni qué quiere −tal vez nunca se tiene del todo claro−, pero esa experiencia dibujó un objetivo que aún me hace vibrar. Mi primer gran viaje me había transformado.

Gorgona|María Antonieta García R.
Llegando a la isla.

      La isla fue llamada así en honor a la diosa griega que llevaba serpientes en su cabeza que petrificaba a quien se atreviera a mirarla. Realmente acertaron con el nombre, hacía donde se mire hay serpientes y por suerte me fascinan. Debido a esta particularidad está completamente prohibido tomar alcohol, el suero antiofidico no surtiría efecto en caso de mordedura de una venenosa, aunque las que más pululan son simples constrictoras. Gorgona, con sus micos, tiburones, serpientes, peces de colores, caracoles ermitaños, con su agua pura, con sus pocos y sonrientes habitantes, me selló el destino.

      No me tocó el espectáculo de ver las ballenas jorobadas que van a sus aguas a tener los ballenatos. Tengo que regresar, aún recuerdo el cassette de música cubana que llevé en mi walkman, resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película antigua en un lugar surreal.

Rumbo a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Rumbo a Gorgona en el barco.