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San Agustín: Coffee and archaeology

“In the heart of the Andes Cordillera is a town surrounded by incredible and mystical archaeological parks. Declared a UNESCO World Heritage Site in 1995, San Agustin Archaeological Park is the most important and well known of Colombia. The region is particularly beautiful for its green canyons, large hills, and powerful rivers habitats in which animal species, typical from the sub- Andean forest, abund.”…

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El niño artesano y el talismán

Colombia y Marruecos tienen muchas cosas en común, aunque nadie apueste por ello. Aspectos positivos y negativos acercan países hermanos separados por el mar.

Donde abunda el hambre y la pobreza abunda el calor de su gente y la alegría. La hospitalidad, el cariño y el arte llenan medinas marroquíes y calles colombianas. En uno abunda el agua y el verdor, en otro la arena roja y la sequía, pero en ambos se encuentra gente trabajadora en cada esquina haciendo de su arte un modo de vida y una pasión.

Lo que impacta, en ambos países es que los trabajadores y artesanos muchas veces son niños. Lo primero que se piensa es que deberían estar jugando en vez de trabajar, solos o con sus padres, pero se debe reconocer que las labores artesanales son de gran calidad porque son realizadas por personas que llevan años practicándolas, a veces incluso desde su infancia, esto como respuesta a una problemática social que no les ha dejado alternativa. Muchos niños no han tenido la fortuna de poder acceder a la educación permanecen con sus padres en casa o en sus negocios y no les queda más remedio que ocuparse en labores útiles en vez de estar viendo televisión, en esos casos podría ser comprensible que estén trabajando y aprendiendo de la experticia directa de sus padres alguna labor.

Esto pasa en Colombia y Marruecos, aunque sea más común verlo en el segundo, ya que en Colombia los niños que no están estudiando no pueden trabajar y por lo general lo hacen ilegalmente. De hecho los niños que se ven trabajando en Colombia lo hacen sobretodo vendiendo dulces, limpiando ventanas en los semáforos, pidiendo limosna y muchas otras cosas que no les deja ni experiencia laboral, ni están aprendiendo un oficio que más adelante les pueda representar una manera de sustento. No es que esté bien que los niños trabajen, pero es preferible verlos aprendiendo de sus padres a grabar metal que verlos pidiendo limosna en el transporte público.

En Chefchauen, Marruecos, la ciudad conocida como la Perla Azul de Marruecos, por caracterizarse por tener casi todas las construcciones del centro histórico pintadas de azul, se encuentra este niño y su padre en una tienda de artesanías. Mientras venden, siguen trabajando en sus grabados sobre metal. Camellos, platos, manos de Fátima y miles de objetos decorativos de cobre, bronce u otro metal están bellamente decorados por sus diestras manos y sus  exactas herramientas, mientras en el metal graban también sus sonrisas.

Detrás de cada objeto artesanal que puede no ser más que un recuerdo o souvenir se esconde una historia que obligando indirectamente al espectador a hacer una reflexión. Ojalá cada uno de esos objetos, como un talismán, abriera mágicamente la mente del turista y lo empujara a tumbar prejuicios, a considerar otras realidades, a valorarlas y posiblemente verse reflejado en el otro.

Yo me compré un camellito de bronce. Insha´Allah.

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Gastronomía paisa en Colombia

Medellín es vibrante, violenta, pacífica, agradable, difícil, bipolar. Soy rola pero mi mamá como buena paisa me inculcó y transmitió su cultura, imponiéndola, sobretodo en la mesa. Como en otros países: dónde se vaya en Colombia, se recibirá comida como muestra de hospitalidad. Costumbre afortunada, pero es muy peligroso si uno quiere mantenerse en forma, pues lo que ofrecen en el Departamento colombiano de Antioquia, no es nada light.

Medellín|María Antonieta García R.
Mi abuela mostrándome la foto de mi bisabuela, en Medellín.

    El día comienza con desayuno: fríjoles recalentados, hígado encebollado con arepa o huevo con arepa, quesito campesino y juguito de naranja, caldo, café o chocolate. Una de esas opciones, o todas y si es domingo puede haber tamal acompañado de arepa y café. La arepa se encuentra en todas las formas y tamaños y acompaña el desayuno, el almuerzo, el algo y la comida. Europeos y argentinos podrían pensar que Colombia es alcohólica porque para ellos el ‘tinto’ es vino rojo, pero en Colombia tinto es café negro, por lo que los colombianos deben tener cuidado al pedir en otros países tinto o pueden terminar borrachos. En Colombia todo el día se toma tinto. No expresso, más bien café americano. Existe una curiosa costumbre que hasta ahora solo he visto en pueblos antioqueños: tomar aguardiente en taza de café, pero tiene una razón de ser. En los pueblos sale la gente a misa, van a la plaza y se sientan en cualquier sitio con lo que parece un café. Pero si uno se acerca, descubrirá que es un cóctel de café con aguardiente (que en Cundinamarca llaman carajillo). Como dice el viejo adagio, el que peca y reza empata, por eso creo que convendría ser más piadosos y es que debe ser bueno el carajillo madrugador.

Jardín | María Antonieta García R.
Jardín, Antioquia.

     La dieta paisa se diseñó sola,  todo comenzó con la necesidad de tener mucha energía para el trabajo en el campo. Subiendo y bajando montañas, arriando mulas cargadas de café y caballos. Recogiendo los frutos de la siembra y lidiando con un terreno accidentado. El almuerzo pueden ser miles de cosas, entre las que está el inigualable sancocho. Pero lo que es más recurrente son los fríjoles, lo más importante de la bandeja paisa. Ésta última es uno de los platos típicos más populares en Colombia se acompaña de: arroz, carne en polvo, aguacate, huevo, chorizo, morcilla y tajadas de plátano maduro.

Jardín. Sancocho | María Antonieta García R.
Sancocho.

   El antojo se mata con panelitas, panderitos, gelatina de pata, dulce de mora, dulce de guayaba, con galletas o queso, torta negra de matrimonio sin cubierta, o una cucharada del tarro de arequipe. Pero que nadie trate de explicarle a las abuelas que en toda Latinoamérica se consume el arequipe y en cada lugar creen que es lo más típico, le dicen en todos los países de manera diferente (como cajeta o dulce de leche) pero es lo mismo. Lo mejor es que las abuelas sigan pensando que son las únicas que conocen la receta secreta de tal exquisitez, llámese como se llame.

   Soy testigo de una mezcla poco atractiva, he visto que acompañan una bandeja paisa o un sancocho con leche como bebida. Eso comprueba que los estómagos antioqueños son de acero y que la gastronomía cafetera es tan creativa como ellos, o nosotros. Fuimos entrenados, la nana de mi mamá me dio cuando era bebe ‘tintilla’ que es agüita de fríjoles. Según las abuelas es un poderoso menjurje que prepara al niño para poder comer cualquier cosa en la vida. Particularidad que envidian los extranjeros al venir a Colombia pues la comida es tan deliciosa y tan pesada que en el día se dan varios dilemas como el de la necesidad de hacer una siesta.

   Luego del almuerzo está ‘el algo’. La comida entre el almuerzo y la cena que se ofrece entre cinco y seis de la tarde. Consiste en arepa, pan, café o chocolate y queso envuelto en hoja de plátano. En ocasiones también habrá chorizo o tamal y la variante navideña suma natilla y buñuelos.  Al ‘algo’ no se recurre por hambre, se instauró la costumbre en Antioquia por la necesidad de compartir alrededor de una mesa. Una excusa más para estar en familia y expresar amor a través de la comida. Lo mismo ocurre con la cena, que en Colombia tiende a no ser abundante y en una casa paisa por lo general será un calentado de lo que quedo del almuerzo, picado y revuelto. El calentado sorprende paladares exquisitos.

Jardín | María Antonieta García R.
Finca cafetera en Antioquia.

        “Si alguien no quiere caldo se le dan dos tazas” reza el dicho, y por eso culmina el día con la merienda. Entre nueve y once de la noche, justo antes de dormir: tortica o galleticas con ‘lechita’. Los diminutivos y exageraciones en Colombia son comunes, pero nada es poco; un ‘poquitico’ de sancocho, por qué no, o “cualquier cosita que se le enrede en la cocina”. El amor se traduce en comida así que en Colombia prepárese para recibir mucho, pero mucho, amor.

       Es recomendable tener especial prevención con el aguardiente; eufórico veneno de anís que se ofrece en cualquier momento o situación y no precisamente por cariño. El colombiano se divierte al ver a cualquier ‘gringo’ tomando ‘guaro’. El doble cuando lo ve tratando de superar el peor guayabo del mundo con caldo de costilla.

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Un delfín rosado en el Amazonas colombiano

Aún usaba la cámara análoga de mi papá, era 1999 y la fotografía era un arte complicado y caro. Del único rollo que se salvó de la humedad no quedaron casi fotos, del viaje al pulmón del mundo y de mi encuentro cercano con un delfín rosado, el Inia geoffrensis no quedó registro.

Llegué al Amazonas en avión de carga desde Bogotá. El vuelo toma unas dos horas y media y justo cuando se ve la selva, el corazón dentro del pecho te comienza a latir más rápido. Aunque no tanto como cuando el avión desciende y uno no ve entre la espesura de la selva una pista de aterrizaje. De Leticia tomamos una lancha al hotel que quedaba justo sobre un lago. El único detalle es que en las noches todos los maderos del hotel parecían moverse, y no… no “parecían”, realmente se movían pues eran serpientes. Nada de qué preocuparse, pero sí que era una curiosidad un poco aterradora.

Con mis compañeras de excursión íbamos en una chalupa por una vertiente del río Amazonas, en silencio, entre el ruido apabullante de la selva. Los animales seguramente comentaban entre ellos acerca de nosotros, o se la pasan de fiesta, pero la selva es todo menos silenciosa (en la noche menos). Solamente se queda todo en silencio cuando pasa la gran anaconda así que susurrábamos con la intención de no alejar al jaguar y percibir si la anaconda venía para tragarnos la lengua. Vimos pirañas, una mariposa azul inmensa, serpientes, vida. El río es el lugar más vivo y activo que uno puede imaginar.

−Huele a flores, ¿qué flor será?

−Ninguna flor, se acercan los delfines rosados− Una sorpresiva respuesta pero ya en ese momento había constatado que eso que llaman “realismo mágico” de Gabriel García Márquez, existe.

Alisté mi cámara, disparé hasta que terminé el rollo. Sólo al llegar a Bogotá sabría si alguno de los delfines saldría, lo dudaba porque habían sido sumamente rápidos y no me equivoqué. No son como los delfines del mar, estos son desconfiados y su aspecto no es  muy tierno, tienen dientes como pequeñas cuchillas en sus cortas y delgadas trompas. Parecen un híbrido de delfín y piraña de color rosado pálido. La gente de Leticia no deja de advertir a los turistas por el peligro de dos espíritus del río, las sirenas y el bufeo colorado que justamente es el delfín encarnado en hombre guapo dispuesto a conquistar mujeres con su baile para raptarlas para siempre al fondo del río.

El día siguiente me levante sigilosa a las cinco de la mañana para no despertar a nadie. Antes del amanecer, me senté en el borde de la plataforma del hotel acuático, donde encontrábamos cada noche varias boas subiendo por los maderos. Me olió a flores y preparé la cámara, la sorpresa no me dejó ni apretar el disparador: un delfín rosado se levantó ágilmente del agua, tan cerca que habría podido tocarlo. Se elevó de perfil, mirándome, tan curioso como yo. No sé ya cuántas veces subió a observarme, mi piel estaba erizada y sentía la adrenalina correr por mi sangre. Salió el sol, también rosado y como no pude tomar la foto con mi mente grabé ese momento asombroso y raro.

Amazonas, Colombia|María Antonieta García R.
En el momento en que el delfín se acababa de volver a meter al agua.
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Paredes saladas en Zipáquira

Por lo general en el imaginario popular se asocian las cuevas y lo subterráneo al infierno. En este caso, donde debería habitar el supuesto demonio, existe una Catedral de sal mineral.

Es más que un lugar religioso, es un destino turístico. La catedral está construida al interior de las minas de sal del Cerro del Zipa en el Valle de El Abra, en el Departamento de Cundinamarca, Colombia. Se encuentra a 48 kilómetros de Bogotá y se puede llegar en bus desde la terminal de buses, en carro particular o en el Tren de la Sabana.

Catedral de sal de Zipáquira | María Antonieta García R.

Las iglesias por lo general son visitadas por fieles católicos, pero ésta en especial es para todos. El último diseño, que data de 1995, fue necesario por la inestabilidad de la vieja estructura y se le debe al arquitecto bogotano Roswell Garavito Pearl y el ingeniero Jorge Enrique Castelblanco Reyes. Estar dentro de una montaña alimenta la imaginación y estimula los sentidos, como el del gusto, ya que si el visitante se atreve podrá probar las paredes y comprobar que se encuentra efectivamente rodeado de sal.

Catedral de sal de Zipáquira | María Antonieta García R.

El lugar es patrimonio cultural, religioso y natural y desde que la mencionaron personajes como Alexander von Humboldt en 1801, sigue apareciendo en múltiples referencias. Las primeras datan del siglo décimo cuando para El Zipa, jefe máximo de los indígenas y su pueblo Muisca, la mina consistió en una de las principales fuentes del recurso mineral y actividad económica. La Catedral de Sal es un monumento impresionante, pero lo más admirable es la belleza natural que en tiempos prehispánicos fue valorado como un regalo de la Madre Tierra.

Escultura en la Catedral de sal | María Antonieta García R.

Visitarla es un buen plan de fin de semana cerca de Bogotá, su recorrido dura de media a una hora y se puede hacer el recorrido de las estaciones religiosas, el recorrido de la minería, ver el vídeo explicativo, disfrutar de unas onces (snack), comprar un recuerdo simple o hasta una esmeralda, conocer el muro de escalar, el auditorio, el Museo de la Salmuera y hasta casarse ya que cada vez es más popular celebrar matrimonios en su interior. Esta herencia Muisca es un destino ideal de visita de fin de semana, para creyentes y ateos.

Para más información visite http://www.catedraldesal.gov.co/

Escultura en la Catedral de sal | María Antonieta García R.

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Tango secreto en Buenos Aires

Los invito a leer este post con banda sonora.


Todos saben que el tango es argentino, pero pocos están enterados que algunas zonas de Colombia se lo han apropiado y ahora hace parte de la cultura musical del país. Incluso algunas palabras del lunfardo se insertaron en la jerga colombiana como es el caso de “aguanta, bacan, boleta, billullo, cañar” entre otras. Antioquia, Risaralda, Quindio y Caldas son tan tangeros como lo son en el sur del continente.

          El amor por éste género en Colombia comenzó cuando de Argentina pasaban los discos por el norte rumbo a Estados Unidos que era donde los grababan. Otros dicen que llegaban los acetatos casualmente al país luego de haber sido distribuidos en España o Francia. El tango llegó a Colombia para quedarse. Lamentablemente el veinticuatro de junio de 1935 Carlos Gardel murió en un avión que salía del Aeropuerto Olaya Herrera de Medellín.

         Encontré en su tumba, en el Cementerio de la Chacarita de Buenos Aires varias placas de colombianos en su memoria. Me acuerdo de mi abuelita mostrándome una foto de mi abuelo, diciéndome “¿no cierto que era tan pispo como Gardel?”. Tal vez por todo eso terminé en Buenos Aires buscando la calle corrientes tres cuatro ocho. Mi primer viaje internacional me reencontraría con nostálgicos sonidos de mi infancia.

Tumba de Carlos Gardel | María Antonieta García R.

    “Cuando llegués, toca a la puerta tres veces tres. Llevá tacones.” Me dijeron al recomendarme una milonga secreta cerca a San Telmo, una casa en donde se toca y baila tango pero no tiene permiso para funcionar como bar. La clave funcionó. Estaba oscuro, todos fumaban y bebían Fernet con gaseosa. Algunas mujeres tenían vestidos muy elegantes, otras estaban de jean y camiseta y las que no tenían tacones simplemente se empinaban para bailar. Había un bandoneón, un violín y un piano. Fue de los mejores conciertos a los que he asistido, no por la calidad de la música o su destreza, sino por la cercanía. Nos mezclábamos todos. Se extendió una mano frente a mí y la tomé. Le dije que no sabía bailar y aseguró que no tenía que saber. Realmente no tuve que hacer nada más que dejar mi peso en la punta de los pies.

Tango | María Antonieta García R.

        Estaba feliz hasta que un tipo me preguntó de dónde era y cuando le dije que de Colombia dijo las palabras “mágicas”: Pablo Escobar, cocaína, cocalombia. No sabía que sería la primera, pero no última vez, que en un viaje alguien las mencionaría. Es la conversación más trillada e incómoda, más deforme ahora por la Serie de Netflix, Narcos. Si quieres parecer un idiota frente a la mayoría de los colombianos: menciona el tema.

        El tango se escucha, se llora y se baila, merece cierto respeto. Lamentablemente no he encontrado en Colombia sitios así, aunque sí muchos para sentarse a tomar mientras ponen discos de acetato: El Barrio Manrique en Medellín tiene su propia Casa Museo Gardeliana y en el centro el punto de reunión de la bohemia paisa, el Salón Málaga en pleno centro de la ciudad. En Envigado sobresale el bar tradicional Atlenal (para aquellos que quieran ver una colección de discos y fotografías clásicas de fútbol y del Atlético Nacional). Y en Bogotá hay muchos sitios de tango pero el más tradicional es El Viejo Almacén, en donde se precian de tener la más grande colección de discos de tango del país.

Bar Atlenal en Envigado, Colombia | María Antonieta García R.

        En la milonga secreta disfruté de una noche como a la antigua en una de las ciudades más grises y encantadoras de latinoamérica. A Buenos Aires le pasa como a Medellín o Bogotá: son incomprendidas y juzgadas por unos pocos, cuando en realidad son tómbolas en donde hay sitios increíbles, como la casa del tango secreto a la que llegué por casualidad. Amé la ciudad de los pobres corazones como la llamaría Fito Páez o la ciudad de la furia, Gustavo Cerati. Mi conexión como la de muchos latinos con Argentina es también musical, el rock en español argentino en su mayoría tiene letras que más parecen poemas, justo como pasa con el tango; letra, atmósfera, nostalgia y romanticismo compartido. Esos sentimientos que seguramente nacen de la misma frustración: amar un país que a veces traiciona.

Milonga y tango secreto | María Antonieta García R.

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Buena suerte en el desierto de la Tatacoa

3º13′ de Latitud Norte y 75º10′ de Longitud Oeste, cerca del Ecuador terrestre. El mejor lugar para ver estrellas pues no hay contaminación lumínica ni auditiva en una gran extensión. Pocos saben que Colombia tiene todos los climas y escenarios naturales posibles, incluidos los desiertos y cañones.

El desierto de la Tatacoa.

       Entre los destinos áridos del país sobresalen la Guajira y el desierto de la Tatacoa, este último en el Huila, cerca de Neiva. El desierto tiene dos zonas: una gris que llaman Los Hoyos y otra ocre que llaman Cuzco por su parecido con las montañas peruanas. El ‘conquistador’ español que llegó a ver ese valle lo bautizó “El valle de las tristezas” y luego se asoció a las serpientes venenosas que allí abundan, como la Tatacoa y cambio su nombre de nuevo. Las serpientes no se olvidaron ya que un dicho popular dice que cuando alguien esta muy malgeniado está tan bravo como una tatacoa.

Desierto de la Tatacoa | María Antonieta García R.

        Luego de ir a San Agustín llegué al desierto y me quedé en una posada, los campesinos que viven allí alquilan habitaciones o zonas de camping por módicos precios y sencillas condiciones. Además ofrecen comida tengan restaurante o no y en especial el cabrito asado resulta un plato exquisito. Muchos van también a buscar fósiles de dinosaurios. Solo me quedé dos días y una noche pero es un lugar para disfrutar varios días pues es fascinante. El día que llegué, una nube densa cubría el cielo y empecé a temer que no podría ver ninguna estrella. A las siete de la noche fui al observatorio astronómico que hay allá y me lo confirmaron, las condiciones no eran adecuadas y no se vería ni la luna.

        Luego de una charla con un astrónomo en la que nos hizo “imaginar” las constelaciones que habríamos podido ver, volví a la posada resuelta a volver otro día pues valía la pena el viaje y era evidente que las estrellas se debían ver increíbles desde ahí. En medio de camino comenzó a llover. No lo podía creer, la gente corría a esconderse, otra se quedaba bajo la lluvia y se escuchó una especie de algarabía. Los campesinos sacaban tinajas, baldes, cocas, telas, lo que fuera para recoger agua; fue un aguacero rápido y abundante.

Desierto de la Tatacoa|María Antonieta García
Cactus florecido en el desierto de la Tatacoa.

     No se sabe cuándo algo pasa por buena o mala suerte, en este caso estaba un poco confundida. Había viajado de muy lejos para vivir mi experiencia soñada y la había perdido por cuenta de la a veces impredecible naturaleza. Cuando me quejé con el dueño del albergue por mi decepción me contó que hacía seis meses no caía una gota de agua. Me disculpé, como siempre la ignorancia y el egoísmo humano por delante. La lluvia en el desierto es un signo incuestionable de buena suerte. ¡No me había dado cuenta que era lo mejor que les había podido pasar en mucho tiempo! Las plantas al otro día lo confirmaron: olía a arena mojada, el aire estaba limpio y era reconfortante la frescura del ambiente. Además, se alcanzaban a distinguir algunos retoños de flores hermosos entre los fósiles impasibles.