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Libro «Almas de Marruecos»

Los invito a adquirir y leer el libro «Almas de Marruecos», en el que participé como autora junto a los demás miembros del equipo de 6 VeletasLo escribimos luego de conocer el país africano, con la esperanza de plasmar en relatos cortos y fotografías un poco de la cultura marroquí. Shukran

Este vídeo es una pequeña muestra del viaje que nos inspiró:

Puedes adquirir el libro en Amazon, en formato digital o impreso, haciendo click aquí.

Libro de Almas de Marruecos

 

«Marruecos está viviendo profundos y rápidos cambios debido a la globalización y al turismo masivo. Sus tradiciones y valores familiares están transformándose. 6 Veletas ha querido abrir su mente e incidir en el imaginario que se tiene sobre los árabes, que actualmente podría estar viéndose malinterpretado por acciones terroristas que no representan la riqueza del país, de su gente o del Islam. Con este libro acercamos su cultura a los lectores, llevándolos a un viaje a través de la literatura de viajes.» 6 Veletas.

 

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Trapitos al sol en el Raval

Dedicado a dos buenas amigas que en Barcelona fueron mi apoyo y compañía.

Una tanga sale volando, se soltó del gancho que la sostenía del tendedero de ropa de la terraza. Cae al piso, abandonada y solitaria, como una hoja que nadie recogerá y a nadie le importa. Un vecino la ve y al no identificar de dónde cayó imagina de quién sería, una mujer joven, hermosa seguramente. “¿Será la del tercero que tiene pelo negro?” La descripción concuerda con ambas, pero no era de la de pelo negro, era de su novia. Ellas cuidan de su ropa y tienen secretos, pero a veces una mirada inquieta o una prenda se escapa dejando a la vista una porción de intimidad.

     Un mundo secreto en el tercer piso, segunda puerta, de la Rambla del Raval. Sus fantasmas son testigos de un amor que nació entre redes sociales. Es un barrio en donde se encuentran en una esquina a cinco monjas y en la otra a cinco putas, grupos que se cruzan miradas y envidias. El Raval es árabe, es chino, es latino, dicen que es peligroso.

Edificios del Raval | María Antonieta García R.

      El edificio es una torre de babel, como tantas otras en la ciudad. En la noche oyen hablar en lenguas a los vecinos, su edificio tiene varios continentes. Aunque sólo conocen a una vecina española, una señora que vive sola. Tal vez su alzhéimer le permite ser más cercana que el resto de la comunidad. Una de ellas advierte mientra se ajusta la camisa “quiso regalarnos una cubeta para lavar la ropa que recordó habernos prestado. Le pagamos consiguiendo quien le pusiera un bombillo que llevaba tres meses sin prender.”

     Caminaron por la calle Caputxins hasta La Rambla. A Barcelona llegan los artistas, los museólogos, los periodistas, los modelos, los músicos, los actores, los que hacen de Barcelona una ciudad bohemia. Tal vez por eso es una ciudad libre, abierta y tolerante. Aunque también a Barna llegan los turistas, los rumberos, los zombies, los compradores compulsivos, los que caminan por La Rambla haciendo honor a su nombre; como un río humano fluyen de lado a lado comprando abanicos, helados y cañas.

Ropa extendida en los balcones del Raval | María Antonieta García R.

Ellas caminaron en La Rambla detrás de unos japoneses que tenían selfie sticks, salieron en las fotos y no les molestó verlas tomadas de las manos. “Hacemos parte del paisaje de Barcelona, amor.” Llegaron a la Carrer de Jaume I, pasan mucho por ahí, van a eventos culturales cada semana. Pretextos de las ciudades: a veces se cambia el Museo por un Bar como el Absenta o el Olimpic, por aquello de las tapas. Esa calle les hizo una reverencia. Se encontraron en la Plaza San Jaume la bandera del orgullo gay colgada del Ayuntamiento.

Pasando por el Ayuntamiento | María Antonieta García R.

        −Feliz día, amor−. Pararon en la mitad de plaza y se dieron un beso­.

      −Esto no lo podíamos hacer en nuestra ciudad, de hecho ni dejábamos la ropa colgada secándose a la vista. Nos dirían que no está bien visto.

      Pasaron por Santa María del Mar y llegaron al Passeig del Born. Fumaron un poco, sentadas en una banca junto a un habitante de la calle y descubren al frente una escultura de hierro sin ninguna mención. Les recuerda el baúl lleno de ropa que aún queda por lavar en su apartamento del Raval.

      −En Barcelona no sólo salimos tomadas de las manos, sacamos los trapitos al sol, amor−.

El Borne, Barcelona | María Antonieta García R.
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Miedo: El cuarto inquilino

Angélica no sabía que al alquilar una habitación en Barcelona compartiría apartamento no con dos, sino con tres inquilinos. No habría sido problema, de no ser porque el tercero era invisible.

     Llegó luego de un largo trayecto en metro, hasta la estación de Sagrada Familia. Decidió que lo primero que haría al instalarse sería botar una de las pesadas maletas. Dejó sobre la cama su cuaderno, salió un segundo y el cuaderno ya no estaba. Revolvió la habitación y no apareció. El cansancio le había jugado una mala pasada.

     Los tres cenaron, Angélica confirmó que había elegido bien a sus compañeros de piso, amantes de la pasta como ella, rieron hablando de recuerdos de la Bogotá de los noventa. Recordaron bares que visitaron en su adolescencia, cuando la ciudad efervecía y sus hormonas con ella, tenían un pasado y amigos en común. Sandra y Arturo llevaban quince años viviendo en Barcelona y le advirtieron que las experiencias y gente que conocería la atraparían lentamente, cada vez sería más difícil desprenderse del ritmo barcelonés.

     Entrada la madrugada, Angélica encontró bajo su almohada el cuaderno perdido días atrás. Lo abrió y la inundó el miedo. En la primera página escrito con crayola, en letras chuecas e infantiles, se leía “bienvenida”. Cerró y abrió el cuaderno y los ojos para asegurarse de estar leyendo bien. Sabía que no habían sido sus compañeros. No iba a alimentar ideas irracionales, dormiría sola y ellos ya estaban dormidos, así que tenía que tranquilizarse. Sin embargo, por muy atea que fuera, rezó un padrenuestro, o lo que recordaba de él.

     Los días trascurrieron normalmente y Angélica olvidó aquella particular bienvenida. Una noche sintió que reposaba algo muy pesado sobre su pecho, sus cuerdas vocales se paralizaron del miedo, luego de unos minutos el peso se disipó pero sus oídos e imaginación estaban disparados. Por su mente pasaron reproches “¿por qué no soy practicante de cualquier religión?, ¡cualquiera!”. Hasta las ocho de la mañana pudo levantarse, debido al invierno amanecía muy tarde y no era una posibilidad pararse de la cama en la oscuridad.

      −Mija, eso le pasa a las personas que no rezan.

      −¡Ay mamá! Si no he hecho más, ¿le preguntas a Claudia por el teléfono de la bruja para que me diga qué hacer?

  −Su papá le manda a decir que eso se llama parálisis del sueño. Que no es nada sobrenatural.

    −No sé, bueno yo busco en Internet. –Resignada, descubrió que Google sabe más de fantasmas y brujas que el mismísimo demonio.

     Tecleó “parálisis del sueño” y confirmó que se trataba de un fenómeno cerebral que no tiene nada que ver con fantasmas. Se relajó y esa noche les comentó a Sandra y Arturo lo sucedido y se rieron, asegurando que en caso de tener un visitante fantasma le cobrarían el alquiler. Llegaron a la conclusión que todo era fruto del estrés por el cambio de país. No obstante, Angélica siguió las recomendaciones que encontró, puso una vela blanca, unas tijeras bajo la cama y vinagre con sal marina. No obstante, varias noches más sufrió la visita de aquello que le oprimía el pecho, tuvo pesadillas y encontró dibujos indescifrables en su cuaderno.

      −¿A ustedes los han espantado en este apartamento? –Le preguntó a su compañera de piso con la esperanza de oír una negativa.

      −Pues ya que lo mencionas, la viejita del frente me contó hace años que acá vivió una familia que se trasladó a Inglaterra y el niño se desapareció antes del viaje, lo buscaron meses pero nunca se supo de él.

      El ascensor estaba dañado y cuando llego Angélica al edificio se encontró a la viejita del frente, quien le pidió que le ayudara a subir los paquetes del mercado. Tomando confianza le comentó que vivía allí desde hacía un mes y que estaba sintiendo una presencia en su habitación. La vecina respondió con una sonrisa diciendo que no tenía idea de qué hablaba. Ella seguía luchando contra la idea del fantasma inquilino pues estaba aterrada y se tranquilizó con la respuesta de su vecina, de hecho se avergonzó con ella. Todo se debía al cambio de ciudad y le ayudaban las gotas de valeriana a conciliar el sueño.

     Pasaron varios días y una noche sintió algo frío trepando por su cuerpo, levantó las cobijas tranquilamente. Dos ojos oscuros, muy abiertos, la miraban fijamente asomándose en la oscuridad.

Título: Autorretrato de cuando era niño. Autor: Agustín Barrera. Técnica: Acrílico sobre lienzo. Estudiante del taller de artes plásticas y visuales del “Centro día, años dorados”. Exposición artística en el Museo de la Sociedad de Cirugía de Bogotá.