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Un delfín rosado en el Amazonas colombiano

Aún usaba la cámara análoga de mi papá, era 1999 y la fotografía era un arte complicado y caro. Del único rollo que se salvó de la humedad no quedaron casi fotos, del viaje al pulmón del mundo y de mi encuentro cercano con un delfín rosado, el Inia geoffrensis no quedó registro.

Llegué al Amazonas en avión de carga desde Bogotá. El vuelo toma unas dos horas y media y justo cuando se ve la selva, el corazón dentro del pecho te comienza a latir más rápido. Aunque no tanto como cuando el avión desciende y uno no ve entre la espesura de la selva una pista de aterrizaje. De Leticia tomamos una lancha al hotel que quedaba justo sobre un lago. El único detalle es que en las noches todos los maderos del hotel parecían moverse, y no… no “parecían”, realmente se movían pues eran serpientes. Nada de qué preocuparse, pero sí que era una curiosidad un poco aterradora.

Con mis compañeras de excursión íbamos en una chalupa por una vertiente del río Amazonas, en silencio, entre el ruido apabullante de la selva. Los animales seguramente comentaban entre ellos acerca de nosotros, o se la pasan de fiesta, pero la selva es todo menos silenciosa (en la noche menos). Solamente se queda todo en silencio cuando pasa la gran anaconda así que susurrábamos con la intención de no alejar al jaguar y percibir si la anaconda venía para tragarnos la lengua. Vimos pirañas, una mariposa azul inmensa, serpientes, vida. El río es el lugar más vivo y activo que uno puede imaginar.

−Huele a flores, ¿qué flor será?

−Ninguna flor, se acercan los delfines rosados− Una sorpresiva respuesta pero ya en ese momento había constatado que eso que llaman “realismo mágico” de Gabriel García Márquez, existe.

Alisté mi cámara, disparé hasta que terminé el rollo. Sólo al llegar a Bogotá sabría si alguno de los delfines saldría, lo dudaba porque habían sido sumamente rápidos y no me equivoqué. No son como los delfines del mar, estos son desconfiados y su aspecto no es  muy tierno, tienen dientes como pequeñas cuchillas en sus cortas y delgadas trompas. Parecen un híbrido de delfín y piraña de color rosado pálido. La gente de Leticia no deja de advertir a los turistas por el peligro de dos espíritus del río, las sirenas y el bufeo colorado que justamente es el delfín encarnado en hombre guapo dispuesto a conquistar mujeres con su baile para raptarlas para siempre al fondo del río.

El día siguiente me levante sigilosa a las cinco de la mañana para no despertar a nadie. Antes del amanecer, me senté en el borde de la plataforma del hotel acuático, donde encontrábamos cada noche varias boas subiendo por los maderos. Me olió a flores y preparé la cámara, la sorpresa no me dejó ni apretar el disparador: un delfín rosado se levantó ágilmente del agua, tan cerca que habría podido tocarlo. Se elevó de perfil, mirándome, tan curioso como yo. No sé ya cuántas veces subió a observarme, mi piel estaba erizada y sentía la adrenalina correr por mi sangre. Salió el sol, también rosado y como no pude tomar la foto con mi mente grabé ese momento asombroso y raro.

Amazonas, Colombia|María Antonieta García R.
En el momento en que el delfín se acababa de volver a meter al agua.
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El parque Tayrona en Colombia

Tenían su carpa en la mejor ubicación de todas, a la que llegaron a tientas en la oscuridad y la lluvia luego de una dura caminata de seis horas por una trocha de barro resbaloso diseñada por el agua y las pisadas de caballos. Se quedaron en Cabo San Juan, la zona de camping más alejada. Al Parque Nacional Natural Tayrona en Colombia no es tan fácil llegar, por suerte.

    Caminaron entre colores, en el Tayrona el cielo se ve rosado, naranja y violeta justo sobre el mar y la diversidad de plantas, animales y peces es increíble. Bañarse en sus aguas es purificador pero nada fácil, el mar casi siempre está picado, incluso en algunos momentos los guardaparques no recomiendan meterse al agua por presencia de tiburones o corrientes marinas. Aún así hay zonas en donde bucear es como una visita a Marte en donde los extraterrestres serán peces de miles de colores. No hay que olvidar que los ladrones son más frecuentes que los tiburones, tienden a esconderse en la jungla para sorprender a los bañistas llevándose sus cosas.

Tayrona|María Antonieta García R.
Playa del Tayrona

    En el horizonte, sobre el mar, se veía una gran tormenta. Se les antojó que era un gran cerebro y que cada rayo y relámpago era una conexión neuronal. También imaginaron que vendría un tsunami y no serían capaces de distinguirlo por la oscuridad, solo podían confiar en lo que veían sus ojos. Se unieron al grupo de viajeros, alguien sacó una guitarra y fue como luz para los insectos: todos terminaron alrededor del instrumento esperando su turno para cantar. Solo había dos alemanes, el resto eran solo latinos y les sorprendió a todos conocer cada canción que se cantó esa noche. Un paraíso perdido donde solo los que se adapten a la naturaleza disfrutarán.

El parque 

El Tayrona es tierra sagrada para los arhuacos (o ikas), los wiwas, los kogis y los kankuamos, todos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta. Cualquiera que vaya entenderá por que la veneran, la magia se siente desde que se está llegando al lugar, es santuario de plantas y animales salvajes. El Tayrona fue declarado por la UNESCO como Reserva de la Biósfera y Patrimonio de la humanidad.

      Se puede dormir en hoteles cercanos o en carpas, pero lo más recomendado es en hamaca, con toldillo preferiblemente (el repelente es tan caro como la entrada al parque). La comida no es la mejor pero se puede sobrevivir, o se puede llevar comida y agua y para sentirse feliz preparando en una estufa de gas de camping un delicioso menú de atún con mayonesa, fríjoles de lata y exquisita sopa de tomate de sobre.

Tayrona|María Antonieta García R.
Río dulce que desemboca en el mar, Tayrona.

     Hace falta ir muchas veces al Parque Tayrona para entender lo que allí se esconde, pero podría decirse que es un lugar de conexión con la naturaleza. Es uno de esos lugares para emigrar cada vez que el ruido se incrementa. Si va pase por Pueblito, suba por las escalinatas antiguas y absténgase de llevar la cámara fotográfica, o al menos no le tome fotos a los indígenas, no lo permiten o piden dinero a cambio y hay lugares que es mejor guardar en la memoria.

      Un aviso subiendo a Pueblito en la Sierra Nevada de Santa Marta reza: “Si amas más los zapatos que el camino, no vale la pena caminarlo”.

       En caso que no pueda acampar o quedarse en hamacas puede buscar cabañas cercanas o se puede quedar en el pueblo más cercano, Taganga y llegar allí desde lancha. Es un pueblo pescador, lamentablemente es muy sucio y el ambiente es un poco denso, la prostitución y drogas siempre vienen de la mano de los turistas. Pero ofrece muchos restaurantes deliciosos y sitios para contratar servicios de buceo, que no hace falta recomendar, es el caribe colombiano.

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Encuentros en Chiapas: Palenque y Yaxchilán

Palenque

Estaba en Chiapas, México, en medio de la selva cerca de Guatemala. No tenía Internet, mi celular era arcaico y había llegado tras diecisiete horas en bus desde Puebla. Nadie sabía dónde estaba, ni yo. Llegué por inercia y varias veces me pregunté qué demonios hacía ahí, confundida y feliz.

    Por medio de la plataforma Couchsurfing contacté a quien me recibiría en su casa, una plataforma de madera con techo de palmeras. Desde el terminal de Villahermosa llegué a Palenque y así a la casa en el árbol de Raúl, el único Couchsurfer de la zona en esos días. Se asomó un hombre de dos metros, musculoso, trigueño, con pelo negro largo, un collar de calaveras negras y desnudo. Podría afirmar que le vi los dientes filudos. Se tapaba con una pequeña toalla así que supuse que al menos tenía algo de pudor, pero sentí que estaba en presencia del mismísimo Machete. Me mostró la colchoneta donde yo dormiría y estaba sucia con tres gatos medio salvajes encima, así que le dije que le agradecía pero me quedaría en un hostal, el Jungle Palace estaba al lado. Me miró despectivamente y me dijo que era evidente que yo era una chica fresa, estaba muy bravo por mi desprecio, discutimos hasta que me fui, me sentí fatal.

Palenque|María Antonieta García R.
Jungle Palace, en Palenque.

    La noche siguiente, en mi cabaña perfectamente organizada pensé que era efectivamente una fresa solitaria y que debía hacer algo al respecto. Fui con unos bocadillos colombianos −siempre se deben llevar bocadillos de emergencia− a la casa de “Machete”. Le pedí disculpas y le dije que lo invitaba a tomar algo, me respondió: “los jaguares somos así, agresivos pero nobles, tú también lo eres. Bienvenida. Nos vamos a dar un paseo.” No sé de donde sacó lo que quedaba de un Volkswagen blanco, descapotado, con un perro más grande que él en la silla de atrás. Para encender el carro tuvimos que empujarlo y correr a subirnos. Yo no podía creer y moría de risa y nervios, iba con desconocido en un carro destartalado por la mitad de la jungla a toda velocidad con rumbo incierto. Frenó en seco frente a lo que parecía un hotel y salió una chica rusa y ahora éramos tres en la carrera desenfrenada por entre las ramas.

     Resultó ser una noche divertidísima hasta que le dije que me prestara el baño y me entregó una linterna de cabeza. Me dijo “ahí tienes el baño” y señaló los árboles (la casa no tenía paredes). Ni por error me iba a meter en la noche ahí, menos cuando la selva es lo más activo del mundo cuando oscurece. Mi naturaleza frutal salió a flote y entre risas me despedí pues iría al cómodo baño de mi cabaña. No me acuerdo de todas las historias que me contaron sobre los Mayas, pues ambos eran guías turísticos de Palenque, pero fue una de mis mejores noches en México. Además me sirvió para relajarme, confiar y confirmar que uno es el único que decide cómo tomar la vida, si como víctima o como jaguar.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

     El día siguiente fui al parque arqueológico de Palenque. Es un lugar mágico en todo el sentido de la palabra, sofocante por la humedad, pero absolutamente hermoso. Las ruinas están muy bien conservadas, las pirámides y las escalinatas te hacen viajar al pasado e imaginar que estás viviendo allí, que eres parte de algo más poderoso. Siempre he sentido orgullo por tener sangre indígena, los colombianos tenemos todas las sangres. Sentí vanidad de ser americana, de ser hermana de este gran país. En Colombia nuestros indígenas no dejaron grandes monumentos, su legado fue espiritual, así que uno se maravilla cuando ve ruinas como estas.

Palenque|María Antonieta García R.
Yacimiento arqueológico maya en Palenque.

Yaxchilán

Raúl y su amiga rusa me recomendaron ir al sitio más increíble que he visitado en mi vida, Yaxchilán. Un santuario de ceibas y ruinas mayas al que se llega luego de unas horas en bus y dos en lancha adentro del río Usumacinta. Allí y desde antes de partir, mis miedos instintivos se dispararon, pero mi valentía también. Desperté y después de quitarme las cucarachas que caminaban por mi cuerpo con calma, tuve que bañarme a las cuatro de la mañana. No por esas dos cosas digo que fui valiente, aunque también,  sino por lo que sigue: los monos aulladores parecían estar justo encima de mi cabaña y sus gritos son aterradores, amo los animales pero estos micos me generaron miedo. Me bañé pegada a la pared porque frente a mi había una ventana de rejas, pensaba que aparecerían en ella y estirarían sus garras y me matarían. No son agresivos, la loca era yo. Tomé mi navaja y una linterna, el sombrero de Indiana Jones y fui rumbo al punto de encuentro entre la oscuridad. Estaba dispuesta a asesinar a cualquier simio que se me apareciera en el camino, así midiera lo mismo que yo, metro y medio. Comprobé que no era la única aterrada pues los otros seis personajes que irían conmigo al tour llegaron pálidos. Pensé que no tenía con quien reírme de mis aventuras en solitario pero que al estar sola me obligaba a ser capaz de muchas cosas que de otra manera no habría ensayado hacer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Río Usumacinta, rumbo a Yaxchilan en México.

     El viaje fue hermoso, el río es inmenso, se parece al Amazonas. Llegamos a Yaxchilán y el chico del tour nos dijo “disfruten, vuelvo en unas tres horas, cuidado con el jaguar que dicen vive entre los templos”. Sonriendo se alejó en la lancha y nosotros pasamos saliva. Entre en uno, estaba completamente oscuro, prendí la linterna y como en una película de terror alumbre a Drácula. Un murciélago de unos setenta centímetros de longitud colgaba frente a mí. Me sorprendió de nuevo la tranquilidad con que tomé el descubrimiento. Usas la cabeza y sobrevives sí o sí, no hay nadie que te defienda de cucarachas o dráculas. La chica que estaba detrás mío cuando lo vio comenzó a gritar y el animal se movió, casi muero. Le dije a la mujer “cálmate, no hace nada y si sigues gritando lo vas a despertar”. Increíble, yo era un Maestro Shaolín y me había enfrentado con éxito a esa bestia. Hablo del murciélago.

     En Yaxchilán, que traduce en maya piedras verdes, duermen los muertos bajo las ceibas. Me senté bajo una de ellas a meditar, cuando abrí los ojos llovían pequeñas flores blancas y amarillas. Ahí ya no era Maestro Shaolín, era el mismísimo Buda presenciando una maravilla de la naturaleza. A uno de los templos no entre, sentí que no debía, que no me era permitido. Conectarse con la intuición es otra de las cosas que pasan cuando se viaja solo y hay que saber obedecer.

Yaxchilán|María Antonieta García R.
Sitio arqueológico maya de Yaxchilán en México.

     Al regreso, después de parar en Bonampak y admirar la verdadera Capilla Sixtina Maya, tuve otro regalo. Me habían contado sobre un pájaro que se llama quetzal, el de las plumas verdes y azules del tocado de los sacerdotes y reyes indígenas. De sus plumas era la serpiente del dios Kukulkán. Es un ave sagrada para Aztecas y Mayas que simboliza la libertad y está en peligro de extinción. Se reconoce porque tiene las plumas de la cola muy largas y una cresta que, yo diría, es un poco punk. Cual sería mi sorpresa cuando vi por la ventana de la camioneta un quetzal volando, a nuestra velocidad. Dicen que se quedó mudo tras la conquista española y volverá a cantar cuando la tierra sea libre. Creo que no sólo al quetzal le ha pasado algo así alguna vez y espero que vuelva a cantar.

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En barco a la Isla Gorgona en Colombia

A nuestros egocéntricos quince años pretendimos sentirnos conquistadoras de otras tierras. Por eso, a la que fué una antigua cárcel rodeada por tiburones, situada en el pacífico colombiano, llegamos por vía marítima. En lancha son tres horas desde Buenaventura, puerto abandonado y maloliente con vestigios de algún día haber tenido un mejor momento. Elegimos el barco, doce horas de viaje por mar abierto, sonaba más romántico y aventurero que en lancha durante tres horas.

     Nos dieron pastillas para evitar el mareo y dormir, jamás me imaginé que me iba a fundir así. Estaba tan dormida que ni recuerdo haber bajado de un bus en la noche y caminar al muelle, tal vez alguien me arrastró. Me desperté en una litera de un metro de ancho con un cojín de cuero negro viejo que olía a pescado, seis literas en ese pequeño cuarto con otras zombies dormidas.

     No podía creerlo, ya estaba en el mar, no sabía cuánto tiempo había pasado. En la pared vi un escorpión gigante así que me lancé al suelo, no lo volví a ver. Aún creo que fue una alucinación, aunque una amiga el día siguiente supuestamente tenía en su cara restos de orina de cucaracha −las cucarachas de los barcos son gigantes y su orina deja halos blancos−, así que posiblemente confundí una cucaracha con escorpión. En cualquiera de los casos habrían podido darme dos infartos, uno por miedo y otro por asco.

Roca "La viuda", junto a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Roca “La viuda”, junto a Gorgona.

    Me levanté medio dormida y con dificultad, pues en mar abierto el piso realmente se mueve de un lado a otro. Descubrí el paisaje más hermoso e increíble que he visto jamás: el cielo lleno de estrellas no tenía fin. El agua se confundía con todo, no se veía el horizonte. Las estrellas reflejadas hacían parecer el mar, otro cielo. No me recuperaba de la emoción cuando vi el borde del barco: brillaba. ¡Las algas que golpeaban el barco eflorecían! Las gotas del mar parecían saltarinas hadas verdes que nos sostenían con magia.

     Dormí para evitar el mareo pues varias de mis compañeras estaban vomitando en la proa, en fila, lo que fue realmente cómico. Hasta que me despertaron gritos, ¡tierra! Pensé en la emoción de Cristóbal Colón y sus tripulantes. ¡Delfines! Pensé en Darwin llegando a Galápagos. Una fila de delfines saltaba a los lados del barco a nuestra velocidad, nada más sublime. Mis ojos estaban desorbitados y llenos de lágrimas, una pequeña isla color verde rana y mar esmeralda nos recibía. A los quince años no se tiene claro ni quién es uno ni qué quiere −tal vez nunca se tiene del todo claro−, pero esa experiencia dibujó un objetivo que aún me hace vibrar. Mi primer gran viaje me había transformado.

Gorgona|María Antonieta García R.
Llegando a la isla.

      La isla fue llamada así en honor a la diosa griega que llevaba serpientes en su cabeza que petrificaba a quien se atreviera a mirarla. Realmente acertaron con el nombre, hacía donde se mire hay serpientes y por suerte me fascinan. Debido a esta particularidad está completamente prohibido tomar alcohol, el suero antiofidico no surtiría efecto en caso de mordedura de una venenosa, aunque las que más pululan son simples constrictoras. Gorgona, con sus micos, tiburones, serpientes, peces de colores, caracoles ermitaños, con su agua pura, con sus pocos y sonrientes habitantes, me selló el destino.

      No me tocó el espectáculo de ver las ballenas jorobadas que van a sus aguas a tener los ballenatos. Tengo que regresar, aún recuerdo el cassette de música cubana que llevé en mi walkman, resuena en mi cabeza como la banda sonora de una película antigua en un lugar surreal.

Rumbo a Gorgona, Colombia|María Antonieta García R.
Rumbo a Gorgona en el barco.
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Fotos: en tren por Suiza y sus alpes

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